Diario de una desintoxicación
No encuentro anestesia que disimule el dolor que me provoca el vacío que has dejado cuando te has marchado.
Y lo más frustrante es tener que sobrevivir sin ella al mismo tiempo trato de comprender que no necesito ninguna y me desengancho de las que por el camino se han quedado conmigo.
Día 1.
La motivación que recorre mis venas me ha empujado a abandonar todas las adicciones de golpe. La adrenalina inspira las ganas de luchar contra mí mismo, de superarme, de demostrarme que puedo con lo que me proponga.
Día 8.
Me mantengo firme en mis decisiones, sin embargo eso que corría por mis venas ha perdido fuerza... Ya no sé si era motivación o adrenalina, solo sé que ya no me acompaña a todas partes, lo que convierte esta guerra en una serie de batallas de las que siento que no podré salir victorioso, ya sea porque pierda o por el desgaste que implican.
Día 13.
De los pasos que di hacia delante he retrocedido alguno, aunque no todos. Dependiendo del momento la euforia me invade para luego dejar paso a las dudas y la culpa, no me siento orgulloso… No soy de medias tintas, no sé funcionar si no dibujo mi desastre en blanco o negro.
Día 19.
Empiezo a sentir de una forma de la que no sentía hace tiempo, de una forma “sana”. El paso de los días relativiza el dolor y la ansiedad por encontrar algo que lo disimulara o me hiciera olvidar que estaba ahí. No se ha ido, solo empiezo a aprender a vivir con él.
Día 23.
Tengo miedo, mucho miedo de que solo haber sustituido unos vicios por otros y que este esfuerzo no haya servido para nada. Mi daltonismo de grises me hace sentir una tremenda culpa.
Esa corriente sana cambia de dirección sin avisar y tu ausencia solo agrava esos bajones que parecen no tener fin.
Día 28.
Cuando siento que no puedo más, es el mismo pozo sin fondo que me alejó de lo que más quería lo que me hace añorarlo y desear volver a luchar por ello. Supongo que eran esas adicciones sobre las que basaba mi supervivencia en esos duros momentos las que tapaban mis ojos y me hacían creer las falsas ilusiones de que las cosas no iban tan mal.
Día 31.
Ha vuelto a salir el sol. Ese que ayer maldecía por abrasarme es el que me conforta hoy cuando no encuentro ninguna otra fuente de calor. Y es que la soledad puede ser tu mejor amiga o tu peor enemiga, hasta que te olvidas de invitarla allá donde vas. Y cuando la echas en falta es lo suficientemente tarde como para entender que te necesita más a ti que tú a ella para sobrevivir.
Día 45.
Desconozco si de verdad hacen falta 28 días para convertir una rutina en hábito. Lo que sí sé es que no hay día que cueste menos que el anterior.
Día 50.
Anoche soñé que caía, y lo peor es que ni siquiera lo disfrutaba. Miento, eso no era lo peor; lo peor era que lo que más me importaba era haberle fallado a cada una de las personas a las que les dije que sería fuerte, sin acordarme de que a quien se lo prometí primero fue a mí.
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