La próxima vez que se abra la verja será para dejarte salir a ti
Estoy sudando. El corazón debería haberse recuperado ya, pero no hay manera.
Miro al cuadro que tengo en frente y me engaño recordando cuando con tanto mimo y esmero lo coloqué donde está. Me quedo embobado, mientras sigo mintiéndome a la vez que me digo lo feliz que era por aquel entonces. Y me doy cuenta del embuste, hasta el punto de que me pregunto si en un futuro lo seguiré mirando y añoraré cómo estoy ahora… Creo que no.
No ha funcionado, las pulsaciones no han bajado con tanta distracción, la pesadilla ha sido de las gordas.
Vuelvo a la cama y busco con los pies algún lado que no esté chorreando. Me resigno con la esquina del fondo, al menos ahí encuentro algo de paz.
Han pasado más de tres horas, no consigo volver a dormirme. Parece que estos barrotes no dan su brazo a torcer. Había puesto demasiadas esperanzas en dormir una noche del tirón, y cada segundo se convierte en un sinfín de pensamientos que disparados alocadamente no encuentran destino ni moraleja.
“Esto también pasará”, me digo, y empiezo a dudarlo. Escéptico lo termino creyendo, porque no me queda otra, y porque quiero creer que así será.
Echo de menos ese beso en la frente de buenas noches, ese “hasta mañana” que significaba que el día siguiente sería bueno si amanecía contigo en mi vida. Y no me doy cuenta de que para que eso sea así, para poder conseguir que tu día fuera bueno de verdad, primero tengo que conseguir que los míos también lo sea.
Quizás ese fue mi error, darlo todo de mí por ti, y no a través de mí.
Comentarios
Publicar un comentario