Moria

Recuerdo que con apenas tan solo 6 o 7 años mi padre se ocultó en el garaje, con su ordenador de cuatro kilos y medio, a ver La Comunidad del Anillo. Le interrumpí sin querer en el momento en el que Saruman empieza a derribar los árboles de Isengard y la película cobra un tono tenebroso, plagado de tonos oscuros y mezclando la maldad con el fuego mientras suena una melodía que incita al miedo, para acto seguido inspirar a la esperanza.

Recuerdo la ternura con la que me miró y me dijo que no podía ver esa película, que era para mayores, que mi madre me mataría.  Recuerdo su mirada, esa que deseaba que yo fuera un poco más mayor para poder compartir conmigo ese momento, temeroso de que fuera demasiado pequeño para entender cómo y cuánto le estaba gustando.


No logro recordar la primera vez que vi la película, aunque sí recuerdo que fui a ver la tercera entrega con él al cine. No sé si supe disfrutar de la felicidad del momento, solo deseo que fuera la milésima parte de la que siento hoy al recordarlo.


Aunque si algo me inspira paz es ese momento, a mitad de la película, cuando los paisajes y la banda sonora aún son puros; la sensación de que aún hay esperanza, de que nada puede enturbiar al destino y que por buenos que hayan sido los momentos hasta ahora solo se puede mejorar, sin saber que lo mejor acaba de pasar y ahora solo quedará resignarse con los resquicios de la felicidad que un día rozó la punta de los dedos.

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