De sastre, suave.
Los 21 gramos vuelven a abandonar el cuerpo al que jamás pertenecieron, al que nunca aceptaron. El lobo aúlla, la luna llora y es demasiado para cualquiera. No hay escudo, no hay clave ni enigma que descifrar, tan solo una historia sin inicio y con un final escrito e insólito.
Las curvas señalaron el camino que mis pies no se atrevieron a recorrer, seductoras, provocativas, de color negro y naranja. No he vuelto a ver unos ojos de ese color, ni regazo al que regresar o abrazo al rendirse. Mi bandera blanca no es suficiente ante un juez daltónico, con problemas de memoria y un lado más oculto que el rincón en el que aquellas lágrimas caen mientras el salvaje cánido no le quita ojo.
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