Química, a secas, sin física.

Un día te enamoras y lo sabes. Sabes que nada volverá a ser igual, que las mañanas serán más bonitas y el verano no implicará soledad. Sabes que vendrán los mejores momentos que puedas imaginar porque, a fin de cuentas, sueñas lo que haces y sonríes cuando lo cumples. 

El subidón tiene fecha de caducidad, como la vida, aunque no se pueda saber cuál es. Intentar averiguarla solo entristecerá cada segundo desperdiciado en tal empresa. El instinto puede animarte a morir en la cruzada, aunque no hacen falta más que unos pocos intentos para rendirse y aceptar la realidad.

Y ese día llega, se recalibran esos cinco años para convertirse en tan solo unas horas; ese 0´02% cobra tanta importancia que el mundo se para. Hay que ser valiente y cabal para confiar en el 99´8%... Aunque tan solo el 0,02% sea capaz de conseguirlo.

El mundo, que parece que se acabaría con solo pensar en la dichosa fecha de caducidad, sigue hacia delante sin titubear al descifrar esos números. No hay tregua.


La cantidad de tiempo que pasará no está clara y tampoco puede medirse, hasta que un día te enamoras, y lo vuelves a saber.

La estela resulta inigualable, aunque es cuestión de tiempo comprender que las comparaciones existen y no sirven. 
Un día algo hará "clack" y una nueva estrella será el camino a seguir, sin importar la dirección, la procedencia o hasta qué punto guarda similitud con la anterior. 


Ese día la química surtirá efecto, sin medias tintas.


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