The great elsewhere

Aunque me propusiera enumerar todas las charlas que nos dieron en el colegio, no lo conseguiría más que disparando sin saber. No me gusta disparar sin saber a qué le voy a dar, creo que hay algo de retorcido en eso...

De todas las charlas mi cabeza seleccionó una breve compilación de las más importantes, al menos que más lo eran y son para mí, hasta el punto de recordar algunas como la que hoy me ha venido a la cabeza.
Me gusta cuando siento que mi propia cabeza me reta a recordar algo de toda la enciclopedia de recuerdos gracias a una vivencia reciente y puntual. Como recordar caras y canciones que solo he visto y sentido una vez en mi vida, incluso hace años, y situarlas en cuestión de segundos.


Hoy, durante un viaje en tren, iba viendo una serie y una pasajera sentada delante de mí, que ya estaba en el tren, se ha dirigido a otra que acababa de subir. Rápidamente, le ha agradecido algo y mi primer impulso ha sido ir a rebobinar los 10 segundos que te ofrece Netflix, porque no me he enterado qué ha pasado y me alegra ver gestos nobles en gente que no conozco.
Al instante de querer retroceder y darme cuenta de que en la vida real eso no se puede hacer, me he sentido estúpido.

Ha sido en ese momento en el que se han mezclado autocrítica y autocompasión, cuando me he acordado de lo inverosímil que me pareció la historia que nos contó un profesor cuando yo estaba en sexto de primaria... 
Nos contaba que leía mucho y que un truco que le estaba resultando exitoso para mantener la concentración era tapar cada línea que acababa de leer con un papel, sin darse la opción de volver a leerlo si por alguna razón no se había enterado bien.

Y diez años después... Le encontré el sentido.

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