Llueve en mí
Dentro de lo retorcida que me resulta la falsa modestia que representa que me tire piedras a mi propio tejado, hoy no hay escapatoria.
He tenido dos accidentes que han marcado la diferencia entre los que no han supuesto nada, y los que no han supuesto nada pero el susto me lo llevé gratis.
Se podría decir que fueron los más graves... Los que más dentro de mi propio repertorio. Las comparaciones son odiosas, sin embargo, por mucho que hayan sido graves desde mi punto de vista, no han sido más que chapa y pintura.
Cuando tienes un accidente, hay demasiados procesos químicos que convergen dentro de tu cabecita, de tu organismo, que te abstraen, te distraen, te mantienen alerta... En definitiva, te sumerges en un estado de shock.
Decía el dramaturgo y filósofo francés Gabriel Marcel que el ser humano solo puede ser comprendido en situaciones específicas, esas que les sacan de su zona de confort, que nos hace ser como realmente somos.
Quiero creer que soy capaz de controlar esos impulsos que me convierten en lo que nunca he querido ser. Y lo fui, y lo volveré a ser.
Cuando me atropellaron no me enteré de lo que había pasado, solo tenía cabeza para entender qué había pasado y de quién era la culpa; me enteré de mis heridas horas después. Rápidamente, mientras mi cabeza volaba a la velocidad de la luz, fueron otros quienes se preocuparon de mí, quienes me ayudaron, quienes hicieron lo que yo no estaba pudiendo hacer.
Años más tarde, en otro país y a muchos kilómetros de casa, cuando besé el asfalto me temí lo peor. Quería llorar de rabia, de impotencia, de dolor... Quería explotar, quería despertarme de la pesadilla en brazos de quien me reconfortase y me dijera que todo iba a ir bien. Quizás de eso se ha tratado siempre.
No desperté, no hubo comprensión, o no la que yo estaba buscando. Hubo demasiada, tanta que aún a día de hoy, comprendo poco a poco.
Me sentí como a quien le arropan con una manta cuando lo acaba de perder todo, con la mirada vacía, perdida... Desolación en estado puro.
Me siento como quien lo ve desde fuera, quien entiende al que arropa y al que es arropado. Y no sé qué me produce más impotencia, si no ser capaz de valorar lo que hacen por mí, o no ser capaz de conseguir ser suficiente.
He tenido dos accidentes que han marcado la diferencia entre los que no han supuesto nada, y los que no han supuesto nada pero el susto me lo llevé gratis.
Se podría decir que fueron los más graves... Los que más dentro de mi propio repertorio. Las comparaciones son odiosas, sin embargo, por mucho que hayan sido graves desde mi punto de vista, no han sido más que chapa y pintura.
Cuando tienes un accidente, hay demasiados procesos químicos que convergen dentro de tu cabecita, de tu organismo, que te abstraen, te distraen, te mantienen alerta... En definitiva, te sumerges en un estado de shock.
Decía el dramaturgo y filósofo francés Gabriel Marcel que el ser humano solo puede ser comprendido en situaciones específicas, esas que les sacan de su zona de confort, que nos hace ser como realmente somos.
Quiero creer que soy capaz de controlar esos impulsos que me convierten en lo que nunca he querido ser. Y lo fui, y lo volveré a ser.
Cuando me atropellaron no me enteré de lo que había pasado, solo tenía cabeza para entender qué había pasado y de quién era la culpa; me enteré de mis heridas horas después. Rápidamente, mientras mi cabeza volaba a la velocidad de la luz, fueron otros quienes se preocuparon de mí, quienes me ayudaron, quienes hicieron lo que yo no estaba pudiendo hacer.
Años más tarde, en otro país y a muchos kilómetros de casa, cuando besé el asfalto me temí lo peor. Quería llorar de rabia, de impotencia, de dolor... Quería explotar, quería despertarme de la pesadilla en brazos de quien me reconfortase y me dijera que todo iba a ir bien. Quizás de eso se ha tratado siempre.
No desperté, no hubo comprensión, o no la que yo estaba buscando. Hubo demasiada, tanta que aún a día de hoy, comprendo poco a poco.
Me sentí como a quien le arropan con una manta cuando lo acaba de perder todo, con la mirada vacía, perdida... Desolación en estado puro.
Me siento como quien lo ve desde fuera, quien entiende al que arropa y al que es arropado. Y no sé qué me produce más impotencia, si no ser capaz de valorar lo que hacen por mí, o no ser capaz de conseguir ser suficiente.
Comentarios
Publicar un comentario