Tu tercera planta, marqués (II)
Esperaba que fuéramos a la habitación, como hacía tres años antes, a verle tumbado en una cama y hecho polvo, pero no fue así.
Se abrieron las puertas del ascensor, habíamos llegado a la tercera planta. Por un momento no supe dónde estaba, mi cuerpo estaba en aquella tercera planta pero mi mente estaba viajando tres años atrás.
Al salir iba dispuesto a hacer el trayecto de siempre, ese que interioricé años atrás como si fueran los pasillos de mi casa.
Cabizbajo, mientras me daba cuenta de que ambos suelos eran idénticos, salí el último de aquel ascensor, preparándome para ir a su cuarto a verlo.
Unas voces conocidas me sacaron de mi mundo y me devolvieron a la cruda realidad. Allí estaba él, en el pasillo, apoyado en la pared, como siempre y a la vez como nunca.
Una vez había comprobado que la realidad era mejor que mis mejores deseos, mis ojos buscaron a quien realmente mi corazón ansiaba ver.
El cansancio había hecho mella en él pero sus ojos no engañaban, no era solo cansancio lo que soportaban.
Dolor, impotencia y preocupación entre otras cosas. Pesaban más sus ojos que los de cualquiera allí presentes. Sin embargo, y aunque no lo parezca, estaba siendo fuerte. No aparentaba todo el agobio y el sufrimiento que acumulaba tras las últimas semanas.
Pasaron los minutos y la cena llegaba, era hora de marcharse, pero no antes de que algunos se despidieran de él, lo que dio lugar a una breve tertulia en la sala de espera.
Allí estaba mi héroe, sentado, serio, como si apenas hubiera habido alguna mejoría en los últimos días.
Cuando estábamos en la uci, empezó a decir, no había miramientos: familiares de Pepito Pérez, acudan a la habitación. Llegabas y lo habían tapado con una sábado. Fin. No hay más, decía muy serio, decepcionado. Gente más joven que nosotros incluso... Porque es ley de vida que la gente mayor termine falleciendo pero, ¿y los que son como nosotros? Su voz era el reflejo puro de la impotencia.
No hay palabras para momentos como esos, no hay palabras que animen, palabras sinceras que garanticen que todo irá bien porque sencillamente no puedes hacer nada por que vaya bien.
Puede que sea más duro ver como alguien a quien amas se muere que que tú mismo te estés muriendo. No lo sé, espero no tener que vivir esa situación.
Creo que todos tenemos una cajón secreto en el que depositamos nuestra "casa". En ese cajón están todos los muros que te defienden, que te aportan seguridad y que te dan fuerzas y motivos para no rendirte. Una parte muy importante de ese cajón era no haberle visto llorar nunca, no haberle visto derrumbarse más que cuando falleció su padre. No es su culpa, al contrario, pero quizá eso te de una idea de cómo estaba él y de cuánto afecta verlo así. Adiós muro, adiós defensas.
Cosas como estas te cambian la vida, hacen que te des cuenta de no hace falta un móvil nuevo o un cochazo para poder disfrutar de los que tienes a tu lado, de los que te quieren, de esos a los que quieres. Que no necesitas un cáncer mortal para recordarle que estás a su lado, ni que tampoco necesitas que se le muera alguien a quien ama para que le llames todos los días a ver qué tal sigue.
Son cosas que crees que nunca te llegarán, hasta que te llegan.
Seguimos soñando.
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