End credits
Desde que tengo uso de memoria recuerdo la frustración que sentía al ser consciente de que no era el mejor en nada y que nunca lo sería. Hay demasiada gente, y son mejores que yo en cada aspecto de mi vida y de la vida en general. No había pasatiempo que me gustara al que no hubiera alguien que le gustara más, se le diera mejor, le dedicara más entusiasmo y más tiempo.
Cuando un pensamiento así llega para quedarse, su celda, mi cabeza, puede llegar a pensar demasiadas cosas y casi ninguna de provecho.
Ahí nació una sed de competición que nunca se ha visto saciada.Y a la vez una sensación de alivio y de delirios de grandeza cuando la proeza se acerca.
Cuando parece que por fin hay algún tipo de vacío en algo que me entusiasma soy yo el que se viene arriba. Me ocurre con muy pocas cosas, cosas que por lo general al resto le dan igual, cosas que pocos perciben y que aunque percibieran pasarían por alto.
Un buen ejemplo de ello es la música, algunas melodías, sobre todo en compases de música instrumental. Veo paralelismos donde otros ven solo música... Veo escenas, veo otras películas mientras escucho una nueva banda sonora, y veo el momento exacto en el que esa canción dio vida a un inolvidable momento de otra película que, aunque resulte ser solo un profundo recuerdo en mi subconsciente, sigue ahí.
Renace con la misma fuerza con la que se guardó, de la mano de cada una de las notas que han vuelto a ser compuestas para conseguir ese efecto.
Esos delirios de grandeza incluso se permiten fantasear. Y lo hacen con, nada más y nada menos, la idea de que esos acordes hayan sido concebidos para mí, para la gente como yo, esos que sabemos verlos, que sabemos sentirlos y que sabemos entenderlos.
Y qué momentazo cuando las partes de ti mismo, esas que tú no controlas, se ponen todas de acuerdo para celebrar tamaño y bello momento: la carne de gallina, el corazón bombeando sangre como si fuera a explotar y la cabeza soñando despierta, dejándose llevar.
Casi indescriptible.
SEGUIMOS SOÑANDO.
Cuando un pensamiento así llega para quedarse, su celda, mi cabeza, puede llegar a pensar demasiadas cosas y casi ninguna de provecho.
Ahí nació una sed de competición que nunca se ha visto saciada.Y a la vez una sensación de alivio y de delirios de grandeza cuando la proeza se acerca.
Cuando parece que por fin hay algún tipo de vacío en algo que me entusiasma soy yo el que se viene arriba. Me ocurre con muy pocas cosas, cosas que por lo general al resto le dan igual, cosas que pocos perciben y que aunque percibieran pasarían por alto.
Un buen ejemplo de ello es la música, algunas melodías, sobre todo en compases de música instrumental. Veo paralelismos donde otros ven solo música... Veo escenas, veo otras películas mientras escucho una nueva banda sonora, y veo el momento exacto en el que esa canción dio vida a un inolvidable momento de otra película que, aunque resulte ser solo un profundo recuerdo en mi subconsciente, sigue ahí.
Renace con la misma fuerza con la que se guardó, de la mano de cada una de las notas que han vuelto a ser compuestas para conseguir ese efecto.
Esos delirios de grandeza incluso se permiten fantasear. Y lo hacen con, nada más y nada menos, la idea de que esos acordes hayan sido concebidos para mí, para la gente como yo, esos que sabemos verlos, que sabemos sentirlos y que sabemos entenderlos.
Y qué momentazo cuando las partes de ti mismo, esas que tú no controlas, se ponen todas de acuerdo para celebrar tamaño y bello momento: la carne de gallina, el corazón bombeando sangre como si fuera a explotar y la cabeza soñando despierta, dejándose llevar.
Casi indescriptible.
SEGUIMOS SOÑANDO.
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