Amor de madre

Ayer amaneció el otro yo, el que conoce el juego, el que sabe cómo jugar y sabe cómo ganar: sin buscarlo.

Cuando él se levanta me hace pequeño, me deja en la sombra; es el hijo que toda madre desea tener, el ejemplo perfecto. El que no tiene puntos débiles, el que no tiene adicciones ni subidas de tono. La educación personificada, el que le haría sombra a cualquier definición de perfección.

El que no hecha de menos ni habla de más, el que no (se) preocupa (por lo que no debe), el que aporta siempre ese punto de pausa y paz que tanta falta hacen.

Juega en otra liga, a la que no aspiro y no espero llegar.


Lo que no sabe es dónde está, porque no se lo cree, porque no cree ser nada de lo que es, ni hacer nada de lo que hace.
Y lo peor es que da igual cuántas veces se lo digan, seguirá sin creérselo.



SEGUIMOS SOÑANDO.

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