Otra historia interminable

No aprecias lo que tienes hasta que lo pierdes.

La primera vez que escuché esa frase, pareció cambiar mi vida. Cuánta razón, cuánta sabiduría y cuánto se podía aprender de una misma frase. Guau.
Me impactó mucho, claro que por aquella época qué no lo hacía.

Poco tiempo después, cuando brotaron de la nada muchas más frases que cambian vidas, empecé a tenerles tirria no por lo que significan, sino por quien se adueñaba de ellas y te miraba por encima del hombro; parecían haber descubierto la Atlántida, ser santos, ser sabios... Parecían serlo todo por apoderarse de una frase así. O eso me parecía a mí.

Me irritaba tanto o más de lo que lo hace ahora: antes porque sentía envidia, sentía que me quedaba atrás... Inmadurez, inmadurez de esa que provoca carcajadas, o eso me provoca a mí al recordarlo, y ahora... Ahora por no haber aprendido de ellas cuando pude.


Ahora me repito y prometo que sabré disfrutar de todo lo que, por ejemplo, estando enfermo no se puede disfrutar.
La mayoría de las veces son promesas vacías, faltas de contenido... Hasta que se me mete en la cabeza lo que sentía cuando alguien me miraba por encima del hombro.

Y nada cambia, o eso pensaba yo. Cierto es, nada cambia; nada, pero sí alguien, yo.

No es para que no vuelvan a mirar por encima del hombro, sino para no hacerlo yo.


Seguimos soñando.

Comentarios