27
Un edificio en ruinas, vacío, antiguo, repleto de grafitis. La bella maleza ha cubierto cada recoveco, no hay lugar para nada más que la naturaleza salvaje.
No consigo recordar desde cuándo me gustan los lugares así... Más de lo que mi memoria alcanza a recordar.
Vislumbro una sombra a lo lejos, una capucha negra cubre su cabeza. El humo sale de su boca, de sus ojos la ambición, ambición por dominar sus miedos. Las manos llenas de tatuajes y sangre. Desconozco quién es, tampoco quiénes son las dos jóvenes que tiene a cada lado. Pelos cortos, rubios; vestidas de negro de arriba a abajo. Me dan la espalda, más allá está él, de frente a mí.
Hay ternura en sus ojos, miedo en los de él. Está pidiéndoles perdón, como si en sus manos estuviera su vida.
No, espera. No les está pidiendo perdón, se está confesando. ¿Para qué? No lo entiendo.
Me ha visto. Me está mirando. No escucho ya esos susurros, se ha callado. Se dirige hacia mí, le cubren la espalda las dos chicas. No sonríen, no sienten, no hay expresión en sus caras, parecen muertas en vida. Él se para delante de mí, a unos metros; parpadeo, al abrir los ojos ellas ya no están.
No sé qué me está pasando, no soy yo quien controla mi cuerpo. Bajo la cabeza, miro mis manos... Están repletas de sangre, también de tatuajes.
Subo la mirada, nuestros ojos se cruzan; su expresión es inefable. Mi mano derecha empieza a elevarse lentamente mientras mi dedo índice se erige apuntándole a la cabeza. Se escucha el latido del corazón y de repente, ¡bang! Mi dedo se dispara, él cae sobre sus rodillas. Y sus ojos con ellas.
No hay más, no queda nada más.
27.
SEGUIMOS SOÑANDO.
No consigo recordar desde cuándo me gustan los lugares así... Más de lo que mi memoria alcanza a recordar.
Vislumbro una sombra a lo lejos, una capucha negra cubre su cabeza. El humo sale de su boca, de sus ojos la ambición, ambición por dominar sus miedos. Las manos llenas de tatuajes y sangre. Desconozco quién es, tampoco quiénes son las dos jóvenes que tiene a cada lado. Pelos cortos, rubios; vestidas de negro de arriba a abajo. Me dan la espalda, más allá está él, de frente a mí.
Hay ternura en sus ojos, miedo en los de él. Está pidiéndoles perdón, como si en sus manos estuviera su vida.
No, espera. No les está pidiendo perdón, se está confesando. ¿Para qué? No lo entiendo.
Me ha visto. Me está mirando. No escucho ya esos susurros, se ha callado. Se dirige hacia mí, le cubren la espalda las dos chicas. No sonríen, no sienten, no hay expresión en sus caras, parecen muertas en vida. Él se para delante de mí, a unos metros; parpadeo, al abrir los ojos ellas ya no están.
No sé qué me está pasando, no soy yo quien controla mi cuerpo. Bajo la cabeza, miro mis manos... Están repletas de sangre, también de tatuajes.
Subo la mirada, nuestros ojos se cruzan; su expresión es inefable. Mi mano derecha empieza a elevarse lentamente mientras mi dedo índice se erige apuntándole a la cabeza. Se escucha el latido del corazón y de repente, ¡bang! Mi dedo se dispara, él cae sobre sus rodillas. Y sus ojos con ellas.
No hay más, no queda nada más.
27.
SEGUIMOS SOÑANDO.
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