Cordobesa

Recuerdo aquella imagen como si fuera ayer cuando la vi. No hacía mucho me tuvieron que dar a mí unos puntos, recordaba lo que era la piel abierta, necesitada de asistencia médica, necesitada de ayuda más allá de la de unos puntos de contacto.

Recuerdo que me dolió más de lo que a mí mismo me podría doler. Recuerdo que se pasó, que superó el límite, y recuerdo su voz al día siguiente.
La primera vez que hablábamos por teléfono y ella, triste y arrepentida, me contó con un tono muy desgarrador lo que fue haber visto la cara de dolor y decepción de sus padres unas horas antes en el hospital.

Recuerdo el cuerpo que me dejó y recuerdo que imaginé cómo debió ser el suyo. A priori, si se pudiera elegir, el peor trago se lo llevó ella. No lo dudes, no lo dudé ni un instante, pero sufrí.

Sufrí por ella, sufrí por sus padres, sufrí por su agobio, sufrí por lo que había pasado. Sufrí porque compartí su sufrimiento, a expensas de que ella no lo supo y por tanto no le sirvió de mucho.

No hay peor batalla que la que luchas por alguien, porque tú no puedes ganarla. Y si la ganas, no sirve de nada.


SEGUIMOS SOÑANDO.

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