Sign of the times

Ya conozco esa sensación. Es una especie de escalofrío que recorre cada esquina de tu cuerpo, cada recoveco, cada espina, cada lugar recóndito para conseguir en conjunto un estremecedor miedo que hace las veces de veneno de cualquiera de las serpientes más venenosas del mundo.
Bueno, de cualquiera no, solo de esas que te paralizan el cuerpo por completo mientras escuchas y sientes lo que ocurre a tu alrededor.

Conozco esa sensación. Ni si quiera mil palabras te lo desecribirían, ni tampoco un millón haría justicia a lo que se siente. Si no lo has experimentado nunca te recomiendo mucho antes las palabras. Créeme, por favor.


Porque de vez en cuando, muy de vez en cuando, esa sensación responde a un escalofrío que, aunque parezca imposible, es de los buenos. No se me da bien calcular esas cosas, pero me atrevería a decir que el porcentaje es casi nulo. 
Bien, pues para contradecir cualquier cálculo anterior, para tirar por tierra cualquier esperanza de esos que ya la han perdido, de vez en cuando pasa una estrella fugaz en forma de ángel de la guarda. Como si desde el cielo lanzaran ese regalo que tanto tiempo ha sido aclamado.


Y es precisamente mientras ese veneno te recorre, que solo se asemeja a él en la rapidez con la que actúa, en cómo afecta a cada centímetro de tu cuerpo y en lo efímero pero eterno del momento, cuando pones los pies en el suelo y con el pesimismo impropio de la situación intentas plasmar sobre el terreno ese puntito de paz y sosiego que tan mal se llevan con el veneno.


Porque al fin crees que las cosas pueden cambiar.

Porque lo último que se pierde no es la esperanza, sino las ganas de luchar, no esperando nada, solo luchar.


SEGUIMOS SOÑANDO.

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