Diario de una depresión (III)

Viernes, 12 de mayo.

Hoy es un día de esos que no tengo ganas de nada. ¿Por qué? Agotamiento es la palabra; de no saber si estoy durmiendo, si estoy soñando o si estoy despierto. Agotado de estar agotado. 

Correr ya no me ayuda, la adrenalina y el aire en la cara que me hacían sentir vivo han desaparecido.  He acabado en casa antes de la cuenta sin cumplir mi objetivo; sentado entre cigarrillos, ideas tristes, mareos y canciones tristes.
Siento vacío en mi interior, intranquilidad y nervios corriendo por mi piel mientras la desgana se adueña de mi mente. Donde antes existía fortaleza y ganas de vivir ahora hay fragilidad, como si me fueran a romper con un simple abrazo.
No soy útil, soy un desastre, no me merezco vivir rodeado de la mejor gente que pueda existir. Y no exagero.

Añoro el trabajo bien hecho, la disciplina. La ilusión que se siente al aprobar un examen o que te feliciten por destacar en tu hazaña. Añoro aquellos cumpleaños entre amigos, cervezas y fiestas, donde  alguna confesión nos hizo desaparecer al día siguiente a más de uno, pero nos reíamos y éramos felices. Añoro a la familia, la que está y la que se ha ido.
Tardes de bingo, cartas, brasero y trampas. Tardes de batallitas, de meriendas en casa de la abuela y de charlas hasta las tantas. Personas que las miras y dan sentido a tu vida, personas que recuerdas día a día, personas que por ellas matarías, y mej(pe)or aún, morirías.

Nunca me he mirado tanto al espejo como ahora. Lo hago y no me reconozco. Triunfa una insana obsesión, secuela de estar en segundo plano, de dejarme llevar y no tomar decisiones, de ser sumiso y cumplir con mis obligaciones aunque saliera malparado. Baja autoestima lo llaman.

Un escudo me recubre, la soledad me atrapa.
Lo que hoy es viernes para unos, es un día más para otros.


MAÑANA VOLVERÁ A SALIR EL SOL.

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