Primitivo: prólogo
Tenía la esperanza de sobreponerme a esto con mayor facilidad o, al menos, saber sobreponerme.
Albergaba la ilusión de afrontar la calma que precede la tempestad precisamente con eso, con más calma.
Empiezo a confirmar la creencia latente en mí de que lo difícil del Camino no es el trayecto en sí, sino cómo lo afrontas.
Madrugar y que lo primero que venga a la cabeza sean las seis horas que te quedan por delante puede ser un pensamiento muy bonito o hundirte más que otra cosa.
Es un proceso de adaptación; adaptación a dormir en camas ajenas, adaptación a no tener las albóndigas o las croquetas calentitas por la noche, adaptación a un esfuerzo físico intenso con un saco de piedras a la espalda, adaptación horaria si no traías los deberes hechos de casa, adaptación térmica y, para mí lo más duro, adaptación mental.
Adaptarte a sonreír aún cuando te duelan los más de 36 músculos que se necesitan para sonreír.
Eso me lo enseñó Canario, ¿no? A no perder la sonrisa aún cuando todo, que en este caso todo soy yo mismo, no crea tener fuerzas para ello.
El miedo mata a la mente, la famosa frase de Dune... No sé qué me asusta más, el bajón físico o pensar que quedar 14 días así.
Me recuerda a cuando de pequeño hacíamos en coche un viaje largo. Los días de antes iba preocupado porque no me gustaba nada viajar, más si iba en los asientos traseros, hasta que llegaba el propio viaje y conforme más tiempo pasaba de viaje más añoraba el que había desperdiciado pudiendo haber leído o escuchado música.
Por y para que no pase eso...
SEGUIMOS SOÑANDO.
Comentarios
Publicar un comentario