Nápoles

Renfe Cercanías. Sábado 1 de abril. Pirámides. 23:25. Sube una niña de unos ocho años, inmaculadas botas rosas, leggins grises, camiseta azul y un celeste abrigo. De su mano un señor, con rastas, una gorra desgastada y sucia, ropa haraposa, y siete pendientes solo en la nariz y en la boca. Un mosquetón grande y morado en la oreja izquierda y uno más pequeño y gris claro en la derecha.


¡Pero no quiero tener que ir a ver a la tía mañana! Quiero quedarme contigo. Su voz suplicaba lo que sabía que ya estaba perdido.

Tú no lo entiendes, pero eso lo han decidido tu madre y tus abuelos y ¡no queremos que se enfaden con nosotros! Su voz, como quien susurra en lenguaje prohibido, intenta restarle importancia a lo inapelable.

¿Te veré el finde que viene? Sus ojos querían brillar...

¡Claro que sí! ¿Adónde quieres que vayamos? Se acercó a ella, a escasos centímetros.

Fuera de España... ¿Qué te parece Italia? Me encantaría ir a Italia. 

En Italia... déjame pensar... En Italia tenemos casa. 

¿¿Cómo que tenemos casa?? Un brillo especial recorrió sus ojos.

Pero puede que a unos cuántos kilómetros de donde vive tu amiga...

¡No importa! Se resistía a perder el brillo. Su voz, sus ojos y su cuerpo entero pedían irse, a cualquier sitio, con tal de que fuera con él.

Italia... En Nápoles tendríamos casa.

¡¡¡En Nápoles es donde vive mi amiga!!! 


No creo que vuelva a presenciar una ilusión más grande en mi vida.


SEGUIMOS SOÑANDO.

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