El faro (III)

Te escribo desde el exilio, con el corazón en la mano, olvidado y entregado a una causa perdida:

Tu luz iluminó la senda más oscura y no consigo recordar la melodía que te acompañaba. Lo intento. Solo son eso, intentos.
Eso me pesa, no tanto como saber que no volveré a contemplar tan bella estampa.

El sol sostenía con un tenue rayo tu espalda mientras luchaba por no ocultarse tras tu bella sombra, donde pocos pueden mirar. 
El horizonte era, por costumbre, de los pocos privilegiados que hacían de un sueño su propia realidad. No había miedo, miedo a no volver a contemplar tan bella estampa, miedo a que un día se acabase esa magia.
No cabía en sí; el orgullo y la ilusión completaban el cartel, no había lugar para el miedo.



Recuerdo a la carretera, que luchaba contra un enemigo tan invisible como la esperanza, persiguiendo el sueño del mismísimo sol, que corría tras la pista de lo más grande, a lo que muchos aspiran y (casi) ninguno alcanza.

Tuve la ocasión de cruzarme con quien sí lo conoció tiempo atrás. Los pocos que lo consiguen suelen perder la cordura. Para mi sorpresa, supo disimular a la perfección tamaña hazaña.


SEGUIMOS SOÑANDO.

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