Diario de una depresión

Semana uno. Mi papel.

¿Quién no ha visto nunca una obra de teatro? Recuerdo mi primera obra con lágrimas en los ojos. Ilusión, emoción, espectáculo... no existen adjetivos que describa lo que yo sentía en ese momento. No sólo me emocioné, me identificaba con los personajes, me atraían, formaba parte de ellos.
Estás cómodamente sentado, con la mente en blanco esperando a que te sorprendan.
Actores y actrices danzan al ritmo de grandes bandas sonoras. Forman un gran equipo, son todos grandes profesionales que resplandecen juntos.

Desde donde estoy sentada puedo ver sus caras, son felices, parecen tener lo que anhelan, parecen haber resuelto todas las dificultades que supone hacer una obra, saben vivirla. De repente te das cuenta que estás solo viendo el teatro. Los actores son los que te rodean; tus amigos, tu familia, el vecino de enfrente... y no estoy en ese escenario.

La ilusión y la emoción de las que hablaba en un principio desaparecen, intento identificarme con ellos, ¿por qué no puedo estar arriba? Si me levanto y subo las escaleras hasta llegar a ellos no podré estar a la altura de sus grandes danzas y bandas sonoras, la obra fracasará por mi culpa. Me quedo sentado, soy un mero espectador de una obra llamada vida.

Y así empezó todo... sin ilusión, sin emoción, viendo la  vida pasar.

Podría buscar mil y una metáforas, mil y una formas de transformarlo en algo bonito, pero cuando la esperanza se pierde, ¿queda algo más?

Supongo que el truco está en buscar el papel de tu vida.


Supongo que solo queda seguir.
Supongo que todo seguirá bien.
Supongo que no habrá más que torcer.
Supongo que me debo ser más fiel.
Supongo que no debo suponer.



MAÑANA VOLVERÁ A SALIR EL SOL.


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