Amar mata (I)
Cada día que vuelvo a casa, que la magia se queda contigo y que siento el vacío consecuente a que una parte de mí también corra despavorida a tus brazos, rezo para que sea el último.
Hasta que vuelve a pasar. Igual que siempre, sin excentricidades, palabras bonitas o embellecedores del todo a cien. Siento que el mundo me echa un capote haciendo que la rueda deje de girar un momento, mientras de la mano del destino esperan ansiosos a que ocurra lo que ambos saben que no ocurrirá.
Momentos que no terminan, horas que no pasan hasta que han pasado y la historia vuelve a empezar. Entre carcajadas, tonterías y sonrisas vislumbro lo que tanto ansían partes de mí de las que han surgido sentimientos que no sabía que podían ser míos y, mucho menos, que existían.
Escucho con paciencia mientras mi cabeza sufre una encarnizada batalla de desgaste en la que casi todos ganan.
La rendición llama de forma elegante a mi puerta. Me limito a escuchar los golpes desde el otro lado, acurrucado ante ella, consciente de que un solo gesto mandaría el sufrimiento junto a las ganas de que salgan las cosas bien.
No se rinde, persiste, sigue llamando. Cada estruendo se vuelve más ensordecedor. Retumba con un tremendo eco igual que tu imagen, tus ojos y sobre todo tu sonrisa.
Tus risas me confunden.
Siempre ellas, solo ellas.
Tus risas me matan.
Seguimos soñando.
Hasta que vuelve a pasar. Igual que siempre, sin excentricidades, palabras bonitas o embellecedores del todo a cien. Siento que el mundo me echa un capote haciendo que la rueda deje de girar un momento, mientras de la mano del destino esperan ansiosos a que ocurra lo que ambos saben que no ocurrirá.
Momentos que no terminan, horas que no pasan hasta que han pasado y la historia vuelve a empezar. Entre carcajadas, tonterías y sonrisas vislumbro lo que tanto ansían partes de mí de las que han surgido sentimientos que no sabía que podían ser míos y, mucho menos, que existían.
Escucho con paciencia mientras mi cabeza sufre una encarnizada batalla de desgaste en la que casi todos ganan.
La rendición llama de forma elegante a mi puerta. Me limito a escuchar los golpes desde el otro lado, acurrucado ante ella, consciente de que un solo gesto mandaría el sufrimiento junto a las ganas de que salgan las cosas bien.
No se rinde, persiste, sigue llamando. Cada estruendo se vuelve más ensordecedor. Retumba con un tremendo eco igual que tu imagen, tus ojos y sobre todo tu sonrisa.
Tus risas me confunden.
Siempre ellas, solo ellas.
Tus risas me matan.
Seguimos soñando.
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