Mi viaje a Polonia
Atrás quedan las raíces comunistas, los destrozos Nazis, las inexpugnables y nevadas llanuras, las congeladas calles, las tres horas y media de vídeos, los free-tours, los 300 escalones que nos subieron al cielo de Breslavia, los 360 que nos bajaron a las casi milenarias minas de sal de Cracovia.
Los cafés a las siete de la mañana y los chupitos a las cuatro de la madrugada.
También los tranvías que nos salvaban de la hipotermia grado ciento dieciocho, los buses de dos plantas y también los que parecía que no iban a arrancar, los incómodos asientos de Ryanair y las tonterías que hicimos en el avión mientras nos miraban atónitos el resto de pasajeros.
También quedarán para el recuerdo los baños compartidos de los hostales, las anécdotas que de ahí salieron y que lo mejor será no contar.Las cervezas de tercio por setenta y cinco céntimos, los conductores de uber que no sabían inglés y que se reían cuando ni nos entendían, las ampollas en los pies, los recuerdos para los que importan, las tonterías clasificadas en rangos para que hubiera una ganadora al final del viaje.
Los "oye, ¿me dejas un poco de wifi?" que tanta vida me han dado, las canciones que llevábamos guardando meses para volver a escucharlas aquí. El haber sobrevivido sin series, internet, móvil, ordenador y películas, y lo que es mejor, ni si quiera haberlos echado en falta.
Las conversaciones absurdas y las que salvarán a la humanidad, la inmaculada nieve que se extendía hasta donde la vista alcanzaba a vislumbrar entre los tenues rayos de sol que luchaban por no irse tan pronto, igual que yo; las partidas de cartas no podían faltar, los ronquidos, las horas indecentes para cualquier cosa, la polaquiña, las inglesas borrachas en Cracovia, los nervios e insufribles retrasos en los aeropuertos. Los sustos de última hora y las alegrías con el pitido final. La boda y las conversaciones en otros idiomas para encontrar la frase perfecta para tinder...
Y no puedo olvidarme de la incansable búsqueda de la canción perfecta para el vídeo de recuerdo, las fotos que nos hacíamos durmiendo y que por supuesto no verán la luz, los "pídeme lo mismo que tú" que tan bien y tan mal han acabado.
El fuego del dragón, el Vístula corriendo con fuerza y también congelado, las imponentes vistas que espero no olvidar nunca... Y volver a ver pronto. Los "¿tú también eres español?" que tantas risas han sacado, y las risas, sobre todo las risas.
Para que nunca se acaben las risas y menos aún los viajes como este, porque no hay nada mejor que soñar despierto.
Seguimos soñando.
Los cafés a las siete de la mañana y los chupitos a las cuatro de la madrugada.
También los tranvías que nos salvaban de la hipotermia grado ciento dieciocho, los buses de dos plantas y también los que parecía que no iban a arrancar, los incómodos asientos de Ryanair y las tonterías que hicimos en el avión mientras nos miraban atónitos el resto de pasajeros.
También quedarán para el recuerdo los baños compartidos de los hostales, las anécdotas que de ahí salieron y que lo mejor será no contar.Las cervezas de tercio por setenta y cinco céntimos, los conductores de uber que no sabían inglés y que se reían cuando ni nos entendían, las ampollas en los pies, los recuerdos para los que importan, las tonterías clasificadas en rangos para que hubiera una ganadora al final del viaje.
Los "oye, ¿me dejas un poco de wifi?" que tanta vida me han dado, las canciones que llevábamos guardando meses para volver a escucharlas aquí. El haber sobrevivido sin series, internet, móvil, ordenador y películas, y lo que es mejor, ni si quiera haberlos echado en falta.
Las conversaciones absurdas y las que salvarán a la humanidad, la inmaculada nieve que se extendía hasta donde la vista alcanzaba a vislumbrar entre los tenues rayos de sol que luchaban por no irse tan pronto, igual que yo; las partidas de cartas no podían faltar, los ronquidos, las horas indecentes para cualquier cosa, la polaquiña, las inglesas borrachas en Cracovia, los nervios e insufribles retrasos en los aeropuertos. Los sustos de última hora y las alegrías con el pitido final. La boda y las conversaciones en otros idiomas para encontrar la frase perfecta para tinder...
Y no puedo olvidarme de la incansable búsqueda de la canción perfecta para el vídeo de recuerdo, las fotos que nos hacíamos durmiendo y que por supuesto no verán la luz, los "pídeme lo mismo que tú" que tan bien y tan mal han acabado.
El fuego del dragón, el Vístula corriendo con fuerza y también congelado, las imponentes vistas que espero no olvidar nunca... Y volver a ver pronto. Los "¿tú también eres español?" que tantas risas han sacado, y las risas, sobre todo las risas.
Para que nunca se acaben las risas y menos aún los viajes como este, porque no hay nada mejor que soñar despierto.
Seguimos soñando.
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