La caída
Hoy vengo a hablarte de cicatrices, de dolor, de superación, de motivación, de pérdidas... De caídas, de duras caídas y de esas caídas de las que no sabes si saldrás o si quiera si llegarás al hospital.
Hoy no vengo a hablarte de canciones, de series o películas que maquillan esas cosas. Hay momentos para el maquillaje y momentos para hablar sin pelos en la lengua, para hablar de sufrimiento. Porque la vida es sufrimiento, superación y caídas, otra vez, caídas.
Hoy vengo a hablarte de los días que suceden a esas caídas, de lo que se siente. A priori, se siente que no se siente nada, valgan la redundancia y la paradoja. Las primeras impresiones son preocupantes, no tanto por el daño actual sino por el miedo al daño que va a venir. Porque vendrá, lo sabes y te aterra.
El peor día es el posterior al mogollón. La adrenalina que sin parar recorrió tu cuerpo durante unas horas empieza a disiparse hasta hacerlo por completo: el peligro acecha, no puedes rehuirlo y estás solo ante él. Es ese peligro el que se plasma en feas heridas que por mucho que maquilles siguen siendo horrorosas; no es momento para el maquillaje y no uno que te libre de la pesadilla que sustituye a la adrenalina.
Es curioso, suele ser a la mañana siguiente el peor momento. No se suele dormir mal, supongo que forma parte del mecanismo homeostático y se recupera lo perdido durante el día. Cuando termina ese mecanismo es cuando se sufre.
Porque hay caídas que no son instantáneas, hay caídas en las que crees no necesitas ayuda pero finalmente sin ella no serás capaz de salir.
Y lo divertido, "divertido" por decir algo, es que la mayoría de esas caídas que te dejan tocado vuelven, con el tiempo, para probarte de nuevo y saber si has aprendido.
Y estas cosas no se aprenden... ¿o sí?
Seguimos soñando.
Hoy no vengo a hablarte de canciones, de series o películas que maquillan esas cosas. Hay momentos para el maquillaje y momentos para hablar sin pelos en la lengua, para hablar de sufrimiento. Porque la vida es sufrimiento, superación y caídas, otra vez, caídas.
Hoy vengo a hablarte de los días que suceden a esas caídas, de lo que se siente. A priori, se siente que no se siente nada, valgan la redundancia y la paradoja. Las primeras impresiones son preocupantes, no tanto por el daño actual sino por el miedo al daño que va a venir. Porque vendrá, lo sabes y te aterra.
El peor día es el posterior al mogollón. La adrenalina que sin parar recorrió tu cuerpo durante unas horas empieza a disiparse hasta hacerlo por completo: el peligro acecha, no puedes rehuirlo y estás solo ante él. Es ese peligro el que se plasma en feas heridas que por mucho que maquilles siguen siendo horrorosas; no es momento para el maquillaje y no uno que te libre de la pesadilla que sustituye a la adrenalina.
Es curioso, suele ser a la mañana siguiente el peor momento. No se suele dormir mal, supongo que forma parte del mecanismo homeostático y se recupera lo perdido durante el día. Cuando termina ese mecanismo es cuando se sufre.
Porque hay caídas que no son instantáneas, hay caídas en las que crees no necesitas ayuda pero finalmente sin ella no serás capaz de salir.
Y lo divertido, "divertido" por decir algo, es que la mayoría de esas caídas que te dejan tocado vuelven, con el tiempo, para probarte de nuevo y saber si has aprendido.
Y estas cosas no se aprenden... ¿o sí?
Seguimos soñando.
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