Cárcel de la verdad

Recluido en la cárcel de la verdad,
donde la hipocresía vive,
la mentira sufre
y mis días solo cuentan con la ausencia de maldad.

Como compañero de celda tengo a una promesa, que algún día saldrá,
las paredes vacías son mi cuadro preferido entre tanta oscuridad.
Ahí proyecto unas cicatrices deformes que me atormentan si miro hacia atrás.
La promesa me jura que llegará quien las aprecie por lo que son y no por lo que fueron o serán.

El recuerdo de un futuro improbable le sostiene una mirada amarga,
es una guerra de trincheras donde no habrá una póstuma batalla campal.
Mi derrotero abisal se asemeja más a un baluarte que al malhadado camino de la felicidad.

Pero en nuestra celda se esconde un tácito preso al que algunos llaman "venganza".
Sus ronquidos ya estertores no rumian más que el lacerante estremecimiento de lo que ya no vendrá,
pretendía envanecerse y solo encontró por mí un motivo más para luchar,
pelear, no caer, vencer, soñar...
La acuciada horda se cree más fuerte por el simple hecho de, en número, ser más;
pero la mortecina esperanza que dentro de mí hibernaba, y yo sojuzgaba, quiere salir para no volver a esconderse jamás.

Vencerá de la mano de la inenarrable y tan ansiada libertad,
que con la sinceridad y la humildad se hacen valer por encima de todo lo demás.
Ya era hora, por el bien de los queridos y de los que no podían aguantar más, que buscara algún remedio para esta inusitada enfermedad.
Si es que así se la puede llamar, quién sabe, es igual.
No importa, no seamos condescendientes; empecemos a vivir, por primera vez, fuera de la cárcel de (la) verdad.



Seguimos soñando.

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