Breslavia
He perdido la cuenta de las horas que llevamos en pie. Tranvía, bus, avión, bus, tranvía y Breslavia vista. La primera vez que hice un free-tour de estos fue en Londres y en español, quién me iba a decir que el siguiente sería en una pequeña ciudad polaca y en inglés. ¿Dónde firmo para que el siguiente sea en Bruselas?
Mañana cogeremos un bus e intentaremos visitar las minas de sal, todo un respiro ya que ahí abajo las temperaturas oscilan en unos 20-25 grados más, y no quiero imaginarme la sensación térmica.
Por lo visto, Cracovia es de las ciudades más frías de Polonia. Tanto es así que anoche, jugando y haciendo trabajar a siri, preguntamos sensaciones térmicas de toda Europa y también el mundo. De las que se nos ocurrieron, que no fueron pocas, solo la capital de Mongolia arrojaba cifras más impactantes.
Eso sí, permíteme presumir de espíritu y sonrisa. Una vez más llegar a un extremo, uno de esos blancos o negros, me hace comprender de lo bien que se vive en los grises, de que levantarse a las 10 para conocer en un par de horas un casco histórico y pasar una tarde relajada no tiene mucho que ver con amanecer poco antes de las seis y no habernos sentado hasta las cinco, hora en la que nosotros comíamos y, sin exagerar, los nativos cenaban.
Espíritu porque ya estoy deseando que suene la alarma mañana temprano para volver a pasar un día de órdago, y sonrisa porque sé que aunque cada día que pasa es un día menos, será un día inolvidable.
Seguimos soñando.
Mañana cogeremos un bus e intentaremos visitar las minas de sal, todo un respiro ya que ahí abajo las temperaturas oscilan en unos 20-25 grados más, y no quiero imaginarme la sensación térmica.
Por lo visto, Cracovia es de las ciudades más frías de Polonia. Tanto es así que anoche, jugando y haciendo trabajar a siri, preguntamos sensaciones térmicas de toda Europa y también el mundo. De las que se nos ocurrieron, que no fueron pocas, solo la capital de Mongolia arrojaba cifras más impactantes.
Eso sí, permíteme presumir de espíritu y sonrisa. Una vez más llegar a un extremo, uno de esos blancos o negros, me hace comprender de lo bien que se vive en los grises, de que levantarse a las 10 para conocer en un par de horas un casco histórico y pasar una tarde relajada no tiene mucho que ver con amanecer poco antes de las seis y no habernos sentado hasta las cinco, hora en la que nosotros comíamos y, sin exagerar, los nativos cenaban.
Espíritu porque ya estoy deseando que suene la alarma mañana temprano para volver a pasar un día de órdago, y sonrisa porque sé que aunque cada día que pasa es un día menos, será un día inolvidable.
Seguimos soñando.
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