Tiny desk (II)

Con su mano derecha sostiene un vaso del whisky más caro del bar. Solo le gusta ese, se lo puede permitir, igual que su impecable traje que tan solo unos pocos logran vestir y solo otros pocos saben apreciar.  

De pronto la ve a ella. Él no la mira como a otras chicas, nada le interesa más que sus ojos, no puede evitar dejar de pensar en ellos. Son mágicos y siente como esa magia contagia a sus entrañas para dirigirse cortésmente hacia ella. Deja de lado su prepotencia para convertirse en su más sumiso súbdito. El rey león pasa a ser domado por unos ojos de los que cualquier depredador se apiadaría. Cualquiera menos él.

Se miran unos segundos a los ojos. Cada cual siente el mismo respeto y admiración por el otro; sienten cómo fluye la magia, su magia, la magia que solo el otro tiene, la magia que ahora les pide tanto y se conforma con tan poco.


No hay tiempo para más. Los compases de la canción se ven contagiados por la magia del idílico ambiente. ¿Un baile en el que sus alientos muevan los cuerpos como un par de marionetas en Cómo ser John Malkovich o una invitación no declinable al piso del otro?
No. Tan solo una mesa, dos copas y silencio. Un silencio mágico, como no.

Es extraño. Extraño e insondable. Lo segundo arrasa con lo primero y prevalece. Sienten ganas de todo y de nada a la vez; la adrenalina recorre las venas de sus cuerpos mucho más rápido de lo que la imaginación vuela, y no necesitan vivirlo para sentir la extenuación y felicidad. Difícil es que haya mayor número de endorfinas en sus organismos ahora mismo.

El pianista que de fondo improvisa la banda sonora de este momento inolvidable no se queda sin teclas a las que hacer sonar solo de ver tan bella postal. Relaja ahora el ritmo, se lleva consigo parte de la magia y acapara la mirada de tan insólita pareja. Lo tenía calculado, al poco que ellos le miren sus dedos plasman toda magia en la melodía que vuelve con mayor fuerza que antes para recordarles que mientras la música suene todo será perfecto.


Seguimos soñando.

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