La campiña

Paseaba por aquel campo con alardes de grandeza y sin ningún rumbo fijo. No sabía qué camino le había sacado de casa ni cuál le devolvería a él. En cambio, no se había perdido. Tampoco estaba donde quería estar. Era extraño. Lejos de su hogar pero como en casa.

Se agachó y cogió una flor. Pensó que, si al olerla su subconsciente le hacía cerrar los ojos e inspirar profundamente, significaría que no era un sueño. No sabía si olerla o no. Con el truco revelado y las cartas sobre la mesa perdió la emoción de saber si era un sueño o no. ¿Qué más daba?

Jugueteó con la margarita entre sus manos mientras miraba al horizonte, sin buscar algo, queriendo no encontrar nada.

Y así fue. No encontró nada.


Seguimos soñando.


Comentarios