Vicios ocultos
La primera vez que lo vi estaba sentado en la barra de un bar. A esas horas no suele haber nadie, salvo ese día, que allí estaba él.
De lo primero que me percaté fue el enorme macuto que estaba a sus pies, semi oculto por la oscuridad que reinaba a esas horas en aquel bar.
Me gustaba ese bar porque parecía ser mío a esas horas en las que no se sabía si está cerrando o abriendo. Para mí él era como un intruso, un extraño invadiendo mi pequeño refugio. Así que, decidido, fui a hablar con él.
No soy de los que hablan con desconocidos en un bar, pero el era mucho más que eso; era mi desconocido.
El muchacho, apenas unos años más joven que yo, resultó majo para ser un invasor, demasiado. Tanto que por un momento temí estar haciendo un nuevo amigo.
No supe distinguir bien si era un joven campechano con sueños demasiado grandes o un joven con un corazón mucho más grande que sus sueños. A raíz de pensarlo con calma comprendí que daba igual, que ambos caminos llevaban a Roma.
¿Cómo era posible que sin un destino claro supiera hacia dónde estaba yendo?
Otra de las razones por las que ambos caminos llevaban a Roma. Machacando a todos los pronósticos, lo único que hacía en un bar antes de que el sol hubiera salido era coger fuerzas para no decaer antes que él, muchas horas después.
Puede que esa fuera una de las razones por las que me cayó tan bien, porque había ido a parar a uno de los pocos sitios donde ya se hacía lo que él había ido a hacer, porque había ido a parar a uno de los pocos sitios donde se encontraba lo que había ido a buscar.
Pero mi sorpresa no había terminado aún. Le pregunté acerca de su sueño y era el mismo que el mío.
¿Cuántas eran las probabilidades que existían de que fuera el mismo sueño?
¿Y si eran las mismas probabilidades de que ese joven muchacho fuera lo que yo siempre había querido ser?
¿Y si resultasen ser las mismas que las de que ese joven muchacho fuera yo?
Seguimos soñando.
De lo primero que me percaté fue el enorme macuto que estaba a sus pies, semi oculto por la oscuridad que reinaba a esas horas en aquel bar.
Me gustaba ese bar porque parecía ser mío a esas horas en las que no se sabía si está cerrando o abriendo. Para mí él era como un intruso, un extraño invadiendo mi pequeño refugio. Así que, decidido, fui a hablar con él.
No soy de los que hablan con desconocidos en un bar, pero el era mucho más que eso; era mi desconocido.
El muchacho, apenas unos años más joven que yo, resultó majo para ser un invasor, demasiado. Tanto que por un momento temí estar haciendo un nuevo amigo.
No supe distinguir bien si era un joven campechano con sueños demasiado grandes o un joven con un corazón mucho más grande que sus sueños. A raíz de pensarlo con calma comprendí que daba igual, que ambos caminos llevaban a Roma.
¿Cómo era posible que sin un destino claro supiera hacia dónde estaba yendo?
Otra de las razones por las que ambos caminos llevaban a Roma. Machacando a todos los pronósticos, lo único que hacía en un bar antes de que el sol hubiera salido era coger fuerzas para no decaer antes que él, muchas horas después.
Puede que esa fuera una de las razones por las que me cayó tan bien, porque había ido a parar a uno de los pocos sitios donde ya se hacía lo que él había ido a hacer, porque había ido a parar a uno de los pocos sitios donde se encontraba lo que había ido a buscar.
Pero mi sorpresa no había terminado aún. Le pregunté acerca de su sueño y era el mismo que el mío.
¿Cuántas eran las probabilidades que existían de que fuera el mismo sueño?
¿Y si eran las mismas probabilidades de que ese joven muchacho fuera lo que yo siempre había querido ser?
¿Y si resultasen ser las mismas que las de que ese joven muchacho fuera yo?
Seguimos soñando.
+1000000
ResponderEliminarNo decepcionas nunca.
ResponderEliminar