Sueños y civilizaciones perdidas
Solo veo oscuridad por la ventana. Un tren que va demasiado rápido para de vez en cuando en estaciones que guardan un cierto parecido con alguna que otra estación fantasma que vi hace años.
Siempre han despertado en mí curiosidad los edificios abandonados. No por lo que poco que encierran bajo unos candados que casi nadie se atreven a romper, yo el primero, sino por lo que un día allí hubo.
Desde personas siendo felices en grandes mansiones, pasando por otras que fueron salvadas en hospitales y centros hoy dignos de película, terminando por antiguas civilizaciones de las que hoy no queda más que ese parecido que me gusta imaginar.
Anoche soñé con algo del estilo. Algo diferente a lo poco que recuerdo de otras veces. Algo parecido a lo que ahora veo por la ventana.
Veo una montaña muy, muy alta. Veo que cientos, miles de árboles tiñen de un bonito color verde sus interminables laderas. En el valle hay un lago, con intenso un azul turquesa, que plasma una imagen inolvidable junto con el resto de componentes del cuadro.
Veo una pequeña hoguera que da luz a los cientos de millones de estrellas que nos observan con sigilo desde lo más alto. De repente veo a una moverse, la gente suele llamarlas estrellas fugaces. Soy incapaz de quitar la mirada del pequeño recoveco de mi nuevo cuadro por el que se ha ido mi estrella fugaz. Para mí no son eso, yo no las llamo así. Para mí son almas, almas tímidas que solo bailan cuando nadie más que ellas mismas se pueden ver. Ni el sol, ni la mayoría de los humanos, solo ellas, unas entre otras, al perfecto compás que dicta el maestro de ceremonias.
Maestro compuesto de maestros y de luces de tantos y tantos colores que son incontables. Ese es el cuadro más bonito de todos, la aurora boreal y sus bailarines de fondo.
De nuevo, el resto de una civilización que nadie más ve. Por eso es especial, porque es mi civilización perdida.
Seguimos soñando.
Siempre han despertado en mí curiosidad los edificios abandonados. No por lo que poco que encierran bajo unos candados que casi nadie se atreven a romper, yo el primero, sino por lo que un día allí hubo.
Desde personas siendo felices en grandes mansiones, pasando por otras que fueron salvadas en hospitales y centros hoy dignos de película, terminando por antiguas civilizaciones de las que hoy no queda más que ese parecido que me gusta imaginar.
Anoche soñé con algo del estilo. Algo diferente a lo poco que recuerdo de otras veces. Algo parecido a lo que ahora veo por la ventana.
Veo una montaña muy, muy alta. Veo que cientos, miles de árboles tiñen de un bonito color verde sus interminables laderas. En el valle hay un lago, con intenso un azul turquesa, que plasma una imagen inolvidable junto con el resto de componentes del cuadro.
Veo una pequeña hoguera que da luz a los cientos de millones de estrellas que nos observan con sigilo desde lo más alto. De repente veo a una moverse, la gente suele llamarlas estrellas fugaces. Soy incapaz de quitar la mirada del pequeño recoveco de mi nuevo cuadro por el que se ha ido mi estrella fugaz. Para mí no son eso, yo no las llamo así. Para mí son almas, almas tímidas que solo bailan cuando nadie más que ellas mismas se pueden ver. Ni el sol, ni la mayoría de los humanos, solo ellas, unas entre otras, al perfecto compás que dicta el maestro de ceremonias.
Maestro compuesto de maestros y de luces de tantos y tantos colores que son incontables. Ese es el cuadro más bonito de todos, la aurora boreal y sus bailarines de fondo.
De nuevo, el resto de una civilización que nadie más ve. Por eso es especial, porque es mi civilización perdida.
Seguimos soñando.
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