Manda una señal

Francisco, a sus 44 años, es consciente de que hay actos que le pesan, y que pesan mucho. Acérrimo a sus ideas, es complicado conseguir que cambie de opinión una vez se le ha metido una idea en la cabeza. Ahora solo tiene preguntas sin contestar, encabezadas y guiadas por los dichosos "¿por qués?". Difícil sacárselas de la cabeza.

Años de rutinas y adicciones han acabado con la vida de sus más allegados familiares. No sabe si es víctima o culpable, los vicios no eran suyos.

Ahora está solo, mirando a la nada veinticuatro horas al día, sin saber qué hacer, por dónde seguir. No oculta su decepción, tampoco su depresión. No quiere ayuda, no quiere consejo.

Vive en Guadalajara, donde nació su hija, su mujer y el que para ellos es su grupo de música favorito.


Hace dos semanas y media que ni si quiera se levanta de una pequeña butaca nada más que para cambiar las canciones. Pone en modo repetición una al día. No sabe si lo que quiere es aborrecer las canciones, los excesos, al culpable o que su mujer se levante solo para decirle que, por favor, cambie de una vez la canción.

Hace dos semanas y media, ella se disponía, como de costumbre, a acercar a su hija al colegio. ¿Quién bebe a las ocho de la mañana? Se pregunta. Quien me ha arruinado la vida, se responde.

Hace dos semanas y media, un conductor ebrio colisionó de forma fatal con el coche del matrimonio. La pequeña falleció en el acto. Su mujer entró en coma.

Hace dos semanas y media que confía en que alguna de sus canciones le(s) devuelva su(s) vida(s).

Hoy suena sin parar "Manda una señal". La mayoría de las reproducciones no son diferentes a las de las últimas semanas, hasta que se da cuenta de cuál está sonando hoy. Es el single de su disco favorito "Amar es combatir", su canción.

Mándame una señal, hoy no lo puedo soportar, no me quiero derrumbar.

Amar es combatir, se repite. No puede quitar los ojos de su cara, aún con magulladuras del accidente. Suena el estribillo, su estribillo, y sonríe como un tonto recordando su primer concierto. Despacio y sin apartar los ojos se levanta de su butaca y se acerca a ella. Con delicadeza y amor le da un beso en la frente y le susurra al oído, al compás de la música: Mándame una señal.


Seguimos soñando.

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