El faro
Por el retrovisor del coche los recuerdos se van haciendo cada vez más pequeños. Las luces alumbran con debilidad una larga recta que separa el camino entre ambos mundos.
Dos farolas se unen a los recuerdos y a los buenos momentos. Son las que indican la entrada al recinto del faro. Un faro que alumbra y da vida a los que están perdidos. Unos acuden a él a buscar consuelo, otros refugio, otros libertad, otros tan solo unos minutos de paz.
Él no se une a las farolas y a los recuerdos. Su imponente luz no descansa, por nada, por nadie, para nadie. Nunca sabe cuándo puede ser de ayuda. Por eso rehuye el retrovisor porque no quiere ser algo más, algo que se deja atrás; buen conocedor es de que vale mucho más que un recuerdo o un par de farolas.
La verja a la que iluminan también se hacen pequeña. Parece que hasta el faro necesita protección. Esa verja no es infranqueable pero nadie quiere atravesarla. La mayoría respeta las reglas del juego. En ese mundo la gente suele hacerlo. Es un mundo diferente, se parece al pequeño mundo genial de las cosas que dices; nada más lejos de la realidad.
Pocos tienen acceso a él. Los privilegiados que llegan a conocerlo no quedan nunca indiferentes. Precisamente por eso, porque no es un simple recuerdo, porque es de esos faros que deja huella, que deja marca.
Una marca imborrable.
Una marca que te transportará al faro cuando más lo necesites.
Una marca abstracta que se manifiesta en cada persona de una forma diferente. Una marca que te recordará de dónde vienes y cómo cambió el faro tu vida.
Una marca que es magia, parecida a la magia insondable que rige ese pequeño, misterioso y encantador mundo.
Seguimos soñando.
Dos farolas se unen a los recuerdos y a los buenos momentos. Son las que indican la entrada al recinto del faro. Un faro que alumbra y da vida a los que están perdidos. Unos acuden a él a buscar consuelo, otros refugio, otros libertad, otros tan solo unos minutos de paz.
Él no se une a las farolas y a los recuerdos. Su imponente luz no descansa, por nada, por nadie, para nadie. Nunca sabe cuándo puede ser de ayuda. Por eso rehuye el retrovisor porque no quiere ser algo más, algo que se deja atrás; buen conocedor es de que vale mucho más que un recuerdo o un par de farolas.
La verja a la que iluminan también se hacen pequeña. Parece que hasta el faro necesita protección. Esa verja no es infranqueable pero nadie quiere atravesarla. La mayoría respeta las reglas del juego. En ese mundo la gente suele hacerlo. Es un mundo diferente, se parece al pequeño mundo genial de las cosas que dices; nada más lejos de la realidad.
Pocos tienen acceso a él. Los privilegiados que llegan a conocerlo no quedan nunca indiferentes. Precisamente por eso, porque no es un simple recuerdo, porque es de esos faros que deja huella, que deja marca.
Una marca imborrable.
Una marca que te transportará al faro cuando más lo necesites.
Una marca abstracta que se manifiesta en cada persona de una forma diferente. Una marca que te recordará de dónde vienes y cómo cambió el faro tu vida.
Una marca que es magia, parecida a la magia insondable que rige ese pequeño, misterioso y encantador mundo.
Seguimos soñando.
Comentarios
Publicar un comentario