Nunca jamás

La arena fría se deslizaba suavemente por sus pies precipitándose al vacío de la misma forma que lo hacía el guión torcido de su vida.

Creía que era al vacío lo que caía pero tan solo eran unos pocos centímetros hasta que volvían al suelo, a su playa.

Levantó la vista y observó como ella se marchaba, a lo lejos, con un vestido rojo y las chanclas en su mano derecha. La presión de saber que volvería,  como lo hacen las olas o la arena que tenía que volver a pisar para volver a su hogar, provocaba un leve temor en lo más profundo de sus entrañas.

El sonido del mar se lo llevaba y lo traía de vuelta en la siguiente ola como si un millón de años hubieran pasado, pero tan solo le devolvía a la cruda realidad unos segundos después, como si el efímero paseo hubiera terminado, como si se hubiera acabado el descanso, el verano o la propia libertad.

Tenía que volver por la misma arena fría que le había traído hasta un paraje desconocido para sus ojos hacía tan solo unos minutos. No quería, o no sabía si quería. Pasaban los minutos y las luces del puerto comenzaban a encenderse.

Ese atardecer idílico que le había dado alas y un billete a nunca jamás exigía un regreso, una vuelta a una realidad demasiado familiar.

De su ensimismamiento salió con la primera ola de la marea alta, al sentir en sus pies congelados  el aún más frío agua, comprendiendo que era hora de volver a casa a pesar de no estar aún preparado.

Y fue la vuelta a casa más dolorosa, a sabiendas de que nada volvería a ser como antes, so pena de no volver a querer vivir en su mundo para quedarse en el de nunca jamás.


Seguimos soñando.


Comentarios

  1. Nunca jamás o la princesa del vestido rojo... Una visión más romántica del cuento ��

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