Mi profesor de mates
Hace unos años tuve un profesor de matemáticas que vivía por y para las matemáticas. Era un tipo frío, poco hablador y eso que dio la asignatura íntegra en apuntes. Matemáticas en apuntes, y siendo él uno de los profesores más frío, si no el que más, que he tenido.
Aquel 14 de marzo, día en el que se conmemora al número Pi, sustituyó la clase por una película del pato Donald en la que hablaba con Pitágoras y unos cuantos matemáticos más.
Vivía las matemáticas como si fueran su vida, como si ellas rigieran cada uno de los apartados de su rutina.
Resulta que aquellos que estudian las matemáticas puras suelen terminar la carrera viendo las cosas como mi profesor, ese que solo sonrió aquel año cuando le acababan de traer un ordenador que personalizó con los colores de su amado Atleti.
Me cuesta mucho darle mi bendición a aspectos que no comprendo y creo que la gente en general actúa así también; el temor a lo desconocido provoca un rechazo que a veces puede resultar exagerado.
Y en un esfuerzo por intentar comprender aquellos temas y sensaciones que se escapan de mis posibilidades, me gustaría introducir una pequeña escala en mi vida. Una escala sencilla que de valor a mis días, donde el cero represente uno de esos días en los que hubiera sido mejor no levantarse de la cama, y el diez de esos otros que ocurren una vez al año, o en la vida, quién sabe.
Intento no decir que "de este agua no beberé", sin embargo no entra en mis planes estudiar matemáticas próximamente por lo que no me gustaría llevar esto a niveles extremos dignos únicamente de los estudiosos.
Aún no he decidido si haré pública la cifra, no sé qué sentido tendría, es solo una cifra.
Supongo que lo importante es no perder el norte y evitar obsesionarse con lo que tanto nos rodea y, en general, tan mal representa aquello que contabiliza, los números.
Seguimos soñando.
Aquel 14 de marzo, día en el que se conmemora al número Pi, sustituyó la clase por una película del pato Donald en la que hablaba con Pitágoras y unos cuantos matemáticos más.
Vivía las matemáticas como si fueran su vida, como si ellas rigieran cada uno de los apartados de su rutina.
Resulta que aquellos que estudian las matemáticas puras suelen terminar la carrera viendo las cosas como mi profesor, ese que solo sonrió aquel año cuando le acababan de traer un ordenador que personalizó con los colores de su amado Atleti.
Me cuesta mucho darle mi bendición a aspectos que no comprendo y creo que la gente en general actúa así también; el temor a lo desconocido provoca un rechazo que a veces puede resultar exagerado.
Y en un esfuerzo por intentar comprender aquellos temas y sensaciones que se escapan de mis posibilidades, me gustaría introducir una pequeña escala en mi vida. Una escala sencilla que de valor a mis días, donde el cero represente uno de esos días en los que hubiera sido mejor no levantarse de la cama, y el diez de esos otros que ocurren una vez al año, o en la vida, quién sabe.
Intento no decir que "de este agua no beberé", sin embargo no entra en mis planes estudiar matemáticas próximamente por lo que no me gustaría llevar esto a niveles extremos dignos únicamente de los estudiosos.
Aún no he decidido si haré pública la cifra, no sé qué sentido tendría, es solo una cifra.
Supongo que lo importante es no perder el norte y evitar obsesionarse con lo que tanto nos rodea y, en general, tan mal representa aquello que contabiliza, los números.
Seguimos soñando.
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