La chica del tren
Y la miraba con perplejidad pestañear mientras sus ojos se deslizaban como pez en el agua por las líneas de aquel libro.
Lo estaba terminando; conforme más cerca estaba el final más pestañeaba, de forma inconsciente, de forma bonita.
Quizá era el destino quien le llevó a sentarse en frente.
"Cómo se hace una chica", rezaba el título.
Cuando acabé de leer el título, se tocó el pelo con suavidad. Descubrió dos pendientes en su oreja izquierda, mientras su pelo tapaba de forma misteriosa la otra parte de su cara.
Era bella la escena; con la mano izquierda sujetaba el libro por debajo me ientras que con la derecha trataba de que no se cerrasen las páginas. Una mitad de la cara tapada por un oscuro pelo castaño y la otra mitad sumergida en unas páginas que bailaban de una a otra con mayor rapidez que la de cualquier baile.
La escena era efímera, apenas tardaba en pasar de página y eso la hacía especial.
Temí enseñarle lo que escribía. A mi obnubilada mirada le costaba despegarse de aquella imagen y creo que eso le incomodaba.
¿Se lo enseño? ¿No se lo enseño? Pensaba mientras subía el volumen. Necesitaba sacar de mi cabeza esa posibilidad y confiaba en que la música lo hiciera.
Mis dedos empezaron a temblar conforme una respuesta parecía declararse ganadora. Tenía miedo de que pensara raro de mí pero necesitaba decirle lo bonita que era la imagen que tras sus páginas ella dejaba.
Seguimos soñando.
Lo estaba terminando; conforme más cerca estaba el final más pestañeaba, de forma inconsciente, de forma bonita.
Quizá era el destino quien le llevó a sentarse en frente.
"Cómo se hace una chica", rezaba el título.
Cuando acabé de leer el título, se tocó el pelo con suavidad. Descubrió dos pendientes en su oreja izquierda, mientras su pelo tapaba de forma misteriosa la otra parte de su cara.
Era bella la escena; con la mano izquierda sujetaba el libro por debajo me ientras que con la derecha trataba de que no se cerrasen las páginas. Una mitad de la cara tapada por un oscuro pelo castaño y la otra mitad sumergida en unas páginas que bailaban de una a otra con mayor rapidez que la de cualquier baile.
La escena era efímera, apenas tardaba en pasar de página y eso la hacía especial.
Temí enseñarle lo que escribía. A mi obnubilada mirada le costaba despegarse de aquella imagen y creo que eso le incomodaba.
¿Se lo enseño? ¿No se lo enseño? Pensaba mientras subía el volumen. Necesitaba sacar de mi cabeza esa posibilidad y confiaba en que la música lo hiciera.
Mis dedos empezaron a temblar conforme una respuesta parecía declararse ganadora. Tenía miedo de que pensara raro de mí pero necesitaba decirle lo bonita que era la imagen que tras sus páginas ella dejaba.
Seguimos soñando.
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