Bicicletas

Me cuesta mucho conseguir que me guste una bici. Parece una sencilla estupidez pero existe una compleja explicación detrás.

Puede que tenga que ver con que me divierto empleando mi tiempo en ir cambiando unas bicis por otras, intentando ganar algo de por medio.
La primera vez que me fijé en una fue hace demasiado tiempo, me emocionaba la posibilidad de tener una, ser como los más grandes, un niño en un mundo de adultos.

Ha sido la que más tiempo me ha durado, no sentía la necesidad de cambiarla ni de mejorarla. Conocía sus límites y también los míos y estaba de acuerdo con ellos. Aguanté incluso un accidente, y reforzados, salimos hacia delante.

Hasta que meses después, una vez llegando el dinero de la indemnización, decidí intentar crecer y subir un escalón más. En aquel momento creí que me lo merecía y fui a por todas. Y ahí vino mi primer error, precipitarme por las apariencias; eso sí, qué bonita era...

Apenas pude disfrutarla, fue un año complicado y poco después la puse en venta. De lejos ha sido la que más me ha costado vender, y terminé malvendiéndola.

Ahí se abrió un nuevo abanico de posibilidades tras más de un año atado a una preciosidad que ni si quiera daba la talla.

Y me fijé en otra unas semanas después, y la compré. Pocos eran los filtros que utilicé y no me arrepentí de quedarme con ella, pero tan solo unas semanas después llegó una oportunidad que no podía rechazar. Le pedí dinero a un familiar y me lancé a la piscina. La utilicé una vez, no me duró más; me la quitaron de las manos.

Y sin comerlo ni beberlo, sin haber asimilado aún las consecuencias, surgió de nuevo una de esas oportunidades que te quitan el hipo. Pero esta vez de verdad, de verdad de la buena.

Unos ochocientos kilómetros hice para ir a comprarla y, al día siguiente, en el paraíso ciclista por antonomasia, me pegué el peor tortazo que me he dado nunca. Uno de esos que recuerdas toda la vida, uno de esos que me metió tanto miedo en el cuerpo que no he vuelto a ser el mismo.

Como ocurrió con la anterior, apenas me duró un par de semanas. Tuve suerte y en seguida me la volvieron a comprar. Bueno, fue un cambio raro. Mi vida es una sucesión de sucesos raros, no te lo niego, y ese fue uno. Pero qué bien salió.

Y ahora... ahora tengo la mejor bici con la que podría soñar con tener, pero no me sirve de nada porque no puedo utilizarla. Quizá sea alguna señal del destino que no termino de pillar, quién sabe.


Seguimos soñando.


Comentarios