Octubre rojo

17 de octubre. Ilusionado se levanta corriendo de la cama como si del día de reyes se tratase. Al principio incluso confunde ambos días.
Se sitúa, es su cumpleaños; el día entero será suyo y él lo sabe.

Ansioso espera ver sus regalos de cumpleaños. A la mente me viene la imagen del primo de Harry Potter en uno de los primeros libros, cuando se queja por tener un regalo menos que el año pasado a pesar de que el número de presentes superase la treintena.

Él podía imaginarse qué esconderían esos regalos, pero no quería ilusionarse hasta verlo con sus propios ojos. Hace meses que salió el nuevo juego de la play 4, el Far Cry 4, y ha llegado incluso a confesar que ha soñado con él. Nada le haría más ilusión que su nuevo juego.

En cambio, bien diferente es el regalo que tienen previsto para él. Sus padres, en un desesperado intento por ganarse su casi incondicional sonrisa, han atado cabos, cabos que ni él mismo imagina y por supuesto no ha atado, cabos que les han llevado a elegir lo que han elegido.

Él no es un niño mimado. Tampoco tiene una edad en la que el resto de niños saben si son mimados o no, pero él no es como el resto de los niños, él sabe que no lo es y lucha por seguir siendo alguien honrado.
Eso sí, poco tiene que ver su constante esfuerzo en las obligaciones que le atañen con las ganas de estrenar el nuevo juego. Sus padres no lo logran entender, y él intenta explicárselo con gestos y no con palabras. Piensa que mezclar su buen expediente académico y jugar de vez en cuando a lo que le gusta... ¿Qué hay de malo?


Baja las escaleras, ilusionándose más por momentos. Y cuando ve la mesa del salón allí lo ve, un paquete envuelto. Pero algo no cuadra, es más ancho que un simple juego. ¿Serán dos? Piensa por dentro, no puede remediar tener tan altas pretensiones. No puede esperar a abrirlo pero quiere esperar a sus padres, quiere que vean su cara al abrir el que es su sueño desde hace mucho tiempo ya.

Al fin llegan, tan solo unos segundos después que parecieron alargarse durante horas.

De poco sirve que te cuente que lo que allí había no era su juego, lo que serviría es que pudieras ver su cara, la cara que yo vi, la cara en la que la decepción hundía su ilusión, en la que unas lágrimas amargas desdibujaron unos ojos que solo querían soñar estando abiertos.


Es una brújula, dijo con una forzada y tenue voz que intentó sonar creíble.

Hemos visto que te gusta mucho la naturaleza y salir al campo con tus amigos los fines de semana y hemos pensado que podría gustarte.

Una brújula, repitió él con voz de incrédulo.

No es una brújula cualquiera, comenzó a hablar su madre. Esta es especial.

¿Ah sí? Le preguntó él, levantando por primera vez los ojos de su nueva brújula.

No señala el norte, señala aquello que más deseas.

Eso es imposible mamá, eso no existe.


Pasaron los meses y la brújula lo único que hizo fue perderse entre los cajones de su mesilla, cogiendo polvo y sin parar de dar vueltas, señalando hacia ninguna parte.


Seguimos soñando.

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