La mala

Hace dos días intenté ir a mi pueblo en bici, pero no conseguí llegar. Como creo que aún no he admitido, entendido y superado lo que pasó, y en gran medida puede ser por el hecho de no habértelo contado, voy a escribir dos entradas, una contando todo lo malo que he sacado de la experiencia y otra contando todo lo bueno.

36. Prefiero dejar lo mejor para el final, así que empezaré por lo malo. Hoy no me voy a excusar por ser pesimista o pintar las cosas de negro cuando puede que sean solo grises, en eso consiste lo de escribir una entrada mala.

Madrugué, y mucho. A las seis y media ya estaba en pie y apenas había dormido durante la noche debido a los nervios de la hazaña que me aguardaba.
Varios temores rondaban mi cabeza: la poca preparación en comparación a la otra vez, que esta vez estaría solo ante el peligro, no llevar suficientes provisiones, tener una hora prevista de llegada y saber que si no cumplía los horarios durante las primeras horas tendría que exigirme más las últimas, el viento...

Algunas de esos temores se hicieron realidad y el peor de todos fue el viento. Pedalada tras pedalada intentaba mover la bicicleta pero no era suficiente el esfuerzo que estaba haciendo. La media de kilómetros por hora descendía y empezaba a preocuparme el tema de la hora prevista de llegada.
Pero antes de encontrarme de cara con el viento, que fue desde la tercera hora hasta el final, subí dos puertos de montaña. No lo considero algo malo, al contrario, me encantan, pero se hizo realidad un miedo que creí superado y que no había invitado a la fiesta: el miedo a las bajadas.

Cuando empecé a bajar el segundo puerto fue cuando el viento empezó a atizar de lo lindo y sentí que lo hacía con la fuerza suficiente como para tirar la bicicleta. Los primeros sustos me los dio nada más comenzar la bajada, que sumado a las empinadas pendientes descendientes me metió un miedo en el cuerpo que aún hoy no se ha ido.

Por otra parte, y con tal de no hacer los mismos kilómetros que hice hace ya años, quise variar ligeramente la ruta para que se quedase en unos 170kms. Y fue en la dura ascensión, la última tan pronunciada del día, cuando la rodilla, resentida desde hacía unos veinte kilómetros, lanzó su primer órdago.

Paré en la cima, esperando que un pequeño parón hiciera "como si nada", pero no fue así. Ahí empezó el calvario, ahí empezó el verdadero sufrimiento. Atrás quedaba el viento, ese había sido otro tipo de sufrimiento, uno que cuando acaba y vences te sientes realizado. Me quedaban 45kms y los 15 primeros eran subiendo, donde más se resiente la rodilla.
No sabes la impotencia que sentía a cada pedalada, viendo como el viento me frenada cada vez más, notando unos 90 veces por minuto el dolor en la rodilla izquierda. Tanto fue así que paré porque no podía más. Apenas podía andar. Pero no me quedaba otra, estaba solo y lo único que me quedaba era tirar de épica y seguir hacia delante.

Muchos órdagos había eludido ya, y pasados 10 kilómetros que se hicieron interminables, un hachazo que no olvidaré, me hizo bajarme.

Quién sabe si quizás para siempre.


Ojalá sigamos soñando.

Comentarios