Mi nombre es Khan

Desde que me enganché a esto de las series reconozco que a duras penas veo alguna película, y las que veo me dejan el cuerpo con la sensación de que todo ha ido demasiado rápido, como si no le hubieran dedicado el tiempo necesario a explicar cada una de las cosas que van pasando. Supongo que eso es un efecto secundario de ver tantas series y que en ellas se explayen tanto en tantas ocasiones.

Sé que hablo demasiado de series, películas y canciones pero hay pocas cosas que tienen la capacidad hoy día de tocar alguna de mis fibras sensibles, y cuando alguna lo consigue me gusta venir y compartirlas contigo porque daría cualquier cosa por que surtieran el mismo efecto en ti.

Hoy vengo a hablarte de la que probablemente sea la película cuya historia más me ha gustado en mucho, mucho tiempo. Es larga, dura más de dos horas, pero conforme iban pasando los minutos más me daba cuenta de que tenía que venir a hablarte de ella. Ha tocado tantos temas y muchos tan bonitos que no sé ni por dónde empezar y, lo que es peor aún, tampoco sé cómo intentar vendértela.


“En el mundo hay dos tipos de personas, los que son buenos y hacen cosas buenas y los que son malos y hacen cosas que no son buenas”. Cierto es que la película discurre por momentos en el límite de la propaganda política, pero cierto es también que ante todo somos personas y da igual si eres hindú o musulmán, antes que eso eres persona y eso es lo que importa.
Por lo visto hay una dura rivalidad entre los fieles a la religión hinduista y los fieles seguidores de Alá, que perfectamente queda retratada en la película, pero desde los primeros pasos se deja bien claro que en este mundo lo que importa es cómo seas, no como pienses. Puede que por eso me haya gustado tanto, porque me he sentido muy identificado; también pienso que en este mundo hay personas buenas y malas, te lo he dicho en alguna ocasión aquí, personas con gran corazón, y luego está el resto.

También toca temas como el síndrome de Asperger, convivir con una pareja con la que no compartes religión, convivir con un hijo de un anterior matrimonio, la dulzura en manos de Mandira, la ira en las mismas manos pero más adelante, y lo que creo que más me ha impactado, el enorme sentido del humor que se puede llegar a tener; no por las risas, sino por cómo afrontar cada situación.

Que sí, que es una película, y una película que por cierto atraviesa diferentes fases muy distinguidas, pero que en las iniciales deja bien claro que ante una situación complicada poner buena cara e intentar solucionarlo con una sonrisa es la mejor solución.
No sé describirlo, la sonrisa de Mandira al ver a Khan… una sonrisa que lleva incluidas todas las malas caras, una sonrisa que a sabiendas de lo que podría venirse encima, y probablemente venga, sigue luciendo como si nada pudiera con ella.

En la parte final dejan de lado esa sonrisa que puede con todo y todos y se centran en otra cosa que he de decir que al principio no me gustaba; piensa que venía de una temática y de una forma de ver las cosas y la propia película y la vida de los personajes sufren una transformación que deja al espectador descolocado, pero una vez te sitúas y aceptas el rumbo que la película toma de nuevo te das cuenta de que lo que viene puede terminar siendo incluso mejor que la sonrisa de Mandira: perseguir un sueño.

Y lo más bonito es que no deja de ser quien él es por su sueño, prefiere renunciar a él con tal de ayudar a quienes también tienen un corazón como el suyo, un corazón enorme, un corazón bueno.


Seguimos soñando.


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