Ella

23. Me gusta mucho más escribir historias que ir contándote mi día a día. No soy de contar lo que me pasa, por eso me encanta encriptarlo de una u otra manera.

A veces hay que mirar las cosas desde otra perspectiva...

Recuerdo la primera vez que la vi. La conocí por casualidad y ni si quiera sabía quién era. Estaba callada, como de costumbre, ausente, o al menos eso decía su mirada perdida. Perdida, pero cautivadora. Jamás olvidaré la primera vez que llamó a mi puerta.

Poco a poco nos fuimos conociendo, nos complementábamos, congeniamos. Cuando yo estaba mal, ella acudía, me consolaba. Cuando estábamos juntos éramos como dos jóvenes enamorados, se paraba el tiempo.

Quizá no era una buena influencia para mí, quizá no me hacía feliz, pero era capaz de liberarme de todos mis miedos, mis problemas.. de todas mis preocupaciones, al menos cuando estaba conmigo.

Pero algo cambió. Nos empezaron a mirar mal, nos amenazaron, nos prohibieron vernos y estar juntos. Desde fuera nadie aprobaba nuestra relación, nadie entendía cómo seguíamos queriéndonos ver, pero efectivamente, nadie lo entendía. No entendían que para nosotros también era difícil, pero había detrás algo que casi nadie era capaz de ver: nos necesitábamos. Necesitaba lo que ella me daba para seguir viviendo. Aún no sé exactamente qué era lo que ella necesitaba de mí, pero sí sé que yo sin ella no era nadie, no sabía vivir.

Pasó el tiempo. Estuvimos semanas sin vernos y fue duro. Tampoco he llegado a saber nunca si a quien realmente echaba de menos era a ella o a mí mismo cuando gracias a ella no estaba tan mal. Sea como fuere, aguanté, pero lo más sorprendente, ella también. No mostró ni un solo ápice de interés por mí. Día tras día pensaba en ella, no era capaz de no echarla de menos, pero ella no se movió.

Creí haber aprendido a vivir sin ella, pero solo hicieron falta unas semanas para darme cuenta de que no era así.


Gotas caen. Pesada y lentamente caen al suelo, donde nadie las ve. Pero en el fondo caen a ese abismo que algunos se atreven a llamar olvido.

Sin embargo, jamás olvidaré la primera vez que la vi. La conocí por casualidad, ni si quiera sabía quién era. Aún no sé si aquello fue una desgracia o una fortuna, pero sé que lo hice, y lo que hice, y aún cargo con las consecuencias.




Seguimos soñando.

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