Open de Madrid

Reconozco que hoy sí que tenía pensado de lo que hablarte, pero el día ha dado un giro inesperado y al cual no puedo estar más agradecido: dos entradas al Open de tenis de Madrid.

Es que no han sido dos entradas normales y corrientes, no, tampoco dos entradas vip, no, tampoco; han sido dos entradas súper-mega-híper vips. A menos de un metro de Manolo Santana, de todo el elenco de presentadores de TVE, de Doncic, de Capdevila, de Arlaukas, de actores... También he estado en la sala de juegos de los famosillos cuando les sobra tiempo, estaba el entrenador de Rafa.Inmejorable, la verdad. Estábamos prácticamente a pie de pista, y nada menos que para ver un Murray-Stepanek: un partidazo donde los haya.

He disfrutado como un niño pequeño.

No te voy a engañar, también fui al Open el viernes y a pesar de que no hubo tanto lujo, me lo pasé igual de bien o incluso mejor.


De hoy me llevo una lección que aprendí hace tiempo pero que no me canso de recordar y volver a experimentar, y es que no se necesita dinero para ser feliz. Que sí, que es mucho mejor llamar desde un iPhone o irse de viaje en un Ferrari, pero quizá es precisamente el hecho de querer siempre más el que hace que no disfrutemos de lo que tengamos.

Hasta aquí te he dicho cosas que ya has oído antes, pero es que cuando en una mano tengo un partidazo a pie de pista, rodeado de famosos, viendo todos los entresijos del recinto, con acceso a cualquier lado y con una pedazo cena que jamás volveré a repetir, y en la otra una tarde con muy buena compañía y muchas, muchas risas... En la sencillez se encuentra el secreto.


Mañana te hablo de lo que quería haberte hablado hoy, de la sencillez que me inspira y aguanta mientras escribo, la música... Pero, ¿qué música?

Seguimos soñando.

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