Mis bicis (II)

Eso creía yo porque en el fondo esperaba que las negociaciones fueran cuestión de tiempo, cuestión de demostrarle que la quería de verdad y que estaba dispuesto a hacer un importante sacrificio por ella.

Pero creí mal porque unos meses después mis sueños se volvían a romper y esta vez de verdad. No era yo quien me decía que tenía que dejarlo, esta vez se pusieron de acuerdo la rodilla y el dueño de la nueva bici. 
Todos mis planes se fueron a la mierda, incluso los que no peligraban, y lo peor es que yo no era consciente de ello; no lo fui hasta semanas después. No era consciente de lo que aquello estaba implicando en mí, estaba cegado en demasiados sentidos. 


De cualquier modo, no fui el único al que no le estaban cuadrando las cosas y me dio la sensación de que el dueño de la bici tampoco las tenía muy claras. Quizá me equivoqué, pero durante unos días, incluso semanas, tuve la extraña sensación de que el vendedor tenía más de un comprador. Puede que tuviera una oferta en firme y yo me hubiera quedado pequeño ante tal tentativa, pero era él el que venía a hablarme y a preguntarme. Finalmente, debió ser que pudo más la oferta del otro comprador puesto que ya no supe más de él...


Pasaron las semanas, yo seguía guardando el reposo que me dijeron que "sería necesario para la entera y satisfactoria recuperación" mientras por dentro intentaba reconstruir con firmes cementos las nuevas ilusiones. Hasta que... Pues hasta que una maravilla se interpuso en mi camino de la forma más sutil y bella. Una auténtica máquina, digna de los mejores, "la máquina de la Madrid-Santiago" la llamaba en mi cabeza, y qué bien sonaba decirlo.
Mantuve una seria conversación con el dueño y conseguimos llegar a un acuerdo que no hizo más que ilusionarme hasta límites insospechados. Atrás quedaban anteriores bicicletas, anteriores proyectos y anteriores sueños, esta estaba llamada a marcar la diferencia, a ser la definitiva, a ser la bici.

Todo estaba preparado, iba a hacerme unos cuantos kilómetros para ira por ella y apenas unas horas antes, el pimpollo este, de boda y borracho, no tuvo mejor idea que intentar regatear acerca del precio acordado anteriormente. Aquella noche, de cena familiar, me resultó demasiado difícil de manejar.

Imagina que toda la ilusión acumulada durante semanas se desvanece en cuestión de minutos. No, en serio, imagínalo.

Apenas dormí aquella noche, y cuando me desperté fue por los constantes sms de aquel tipo. Se arrepentía y me daba indicios que resultaron ser directas camufladas en forma de indirectas. No sé si no quería verlas o no quería creérmelas, pero la ilusión ya no era la misma, ni de lejos. Por lo visto volvió al ruedo y no paraban de salirle novias; yo tan solo era uno más, el primero que se acercó, el que estaba ahí dispuesto a todo, una vez más.

Volvió a jurarme amor eterno y a cerrar un trato para unos días después. Yo en plenos finales y dispuesto a hacer cinco horas de coche para ir a por ella. La noche anterior apenas pude dormir y al levantarme y preguntarle si el trato seguía en pie me dijo que en el proceso de limpieza y puesta a punto, se le había caído y le había causado un daño irreparable a la bici; volvía a quedarme sin bici.

Y mientras intentaba rehacerme de la nueva decepción, dos compradores, de forma simultánea, se interesaban por la que seguía en el garaje. Uno solo quiso una parte de ella, y el otro salió de la puja un par de días después, desinteresado completamente.

Sin la parte que el primero se quedó yo también me quedaba sin bici, no la podía utilizar.


En cuestión de meses había pasado de tener una preciosidad en el garaje, que llegó en un momento inoportuno pero que no por eso deja de ser una preciosidad, promesas e ilusiones esperanzadoras de una increíble en camino y un viaje que me cambiase la vida.


El resultado final es que no hay bicis increíbles en camino, la preciosidad del garaje no funciona, la rodilla tampoco y no hay viaje.

Solo resta encajar las piezas del puzzle para que la historia encaje... O no lo haga.


Seguimos soñando.

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