Say no to racism

Hacía tiempo que no me sentaba a escribirte sin saber qué contarte exactamente. Es por esto por lo que creo que voy a contarte algo que me ha pasado hoy.

No me preguntes cómo, pero he terminado en un campo de fútbol cinco en Aluche a las cinco de la tarde. Al principio no éramos muchos, pero todo se ha animado en cuanto han llegado dos chavales pidiendo permiso para saltar al terreno de juego, vamos, que nos han invadido amablemente preguntando si podían jugar.

Uno de ellos llevaba un polo con la bandera de Honduras y más tarde, y ante las insistentes y curiosas preguntas del jovenzuelo de nuestro equipo, rondaría los doce años, desvelaron su nacionalidad y que eran amigos desde hace mucho tiempo.

De todos es sabido que en un polideportivo público, igual que en la playa o en cualquier lugar donde haya mucha gente, se ha de tener extremo cuidado ante el sigiloso ataque de los carteristas. En un momento del partido en el que el más larguirucho de los dos hondureños se la quedaba de portero, uno de los chavales del equipo contrario me ha venido previniendo de que el más cercano a todas nuestras pertenencias era el portero.


Hace unos cuantos años volvía de un centro comercial que debe estar a unos veinte minutos de mi casa en coche. Sin embargo, para volver en transporte público teníamos que coger no uno sino dos autobuses que nos llevasen a casa, al rededor de hora y media.
No iba solo, y resulta que ella no tenía el abono mensual de transporte por lo que le tocaría pagar el billete completo. En mi caso, como tenía parcialmente cubierto el billete gracias a mi abono, solo pagaría una parte.
No tenía más que un billete de 20€ y el conductor, un poco borde, me dijo que si no conseguía cambio dentro del propio bus tendríamos que bajarnos. La situación era la siguiente: llevábamos esperando más de quince minutos a ese bus y si lo perdíamos, tendríamos que esperar otros treinta minutos al siguiente. Eso no es todo, el segundo bus también pasaba cada media hora los fines de semana. Total, llegaríamos a casa el año que viene. Esto último no pretendía ser una broma, es que eran finales de diciembre y hubiéramos tardado...

Con decisión me aventuré a buscar cambio dentro del autobús. La primera chica con la que topé no era de nacionalidad española, y al preguntarle que si tenía cambio de veinte euros me contestó que no.
El segundo al que pregunté fue a un chico, que parecía ser español, sin duda. Llevaba los auriculares puestos y ni se los quitó para contestarme, secamente y levemente me indicó que no. Lo de levemente lo escribo en su favor, porque ni se dignó a contestarme (pero me gusta pensar que sí que lo hizo, y que fue demasiado leve para mi percepción).
Fui avanzando en el de por sí largo, pero cada vez corto, autobús. Pero algo cambió. Llegaba al final y una señora extranjera abrió su bolso. Al preguntarle yo, con una expresión en la cara no muy lejana a la que ayer te comentaba, me pidió de manera muy dulce y delicada que aguardara un momento, que iba a buscar.

Quizá si digo que nos salvó la vida lo estoy exagerando un poco, pero en invierno, a las diez de la noche, en "a tomar por saco" y sin más recursos, nos hizo un favor enorme. No tenía por qué hacerlo, pero lo hizo.


Los chicos de hoy no eran carteristas, pero ha habido más de uno que ha temido por sus pertenencias sencillamente por su oscuro color de piel.



Hasta el día del bus no me había parado a pensar si yo era racista o no, pero la gente que me hace confiar y me hace sentir que vivo en el mundo bueno en el que quiero vivir, no atiende a colores de piel.

Seguimos soñando.


http://verdaderoascodevida.blogspot.com.es/2013/02/es-necesario.html

Comentarios