Por mis santos cojones Paco
¿Te acuerdas cuando otro el día te hablaba de los recuerdos que te llegan de manera espontánea e involuntaria?
Hacía años que no salía tan pronto de casa en pleno invierno, y qué recuerdos...
Hace años me levantaba mucho antes de que empezasen las clases, odiaba y odio madrugar, pero lo tenía todo estudiado con una precisión asombrosa y milimétrica. Tan pronto me levantaba iba a coger el bus de las ocho y diez. Cabe aclarar que yo entraba hora y veinte después, y que el bus pasa cada media hora, es decir, que salía muchísimo antes de casa.
También he de decir que siempre ha sido una lotería que pasase a su hora y más aún que pasase. De hecho, de todas las mañanas que lo estuve cogiendo durante años, yo creo que no hubo una semana que pasase dos días a la misma hora.
Era divertido, bueno, de todo menos divertido porque había días que el móvil me marcaba varios grados negativos, y la incertidumbre de si llegaría podía, literalmente, conmigo.
Era divertido, bueno, de todo menos divertido porque había días que el móvil me marcaba varios grados negativos, y la incertidumbre de si llegaría podía, literalmente, conmigo.
Jajaja, esto sí que fue divertido. Recuerdo un día que me levanté y fui directo al bus, como siempre. Sin embargo, hubo un accidente en la A-6 del que no tuve constancia hasta el día siguiente, y no vino el bus de mi hora. Decidí esperar por si se trataba de un simple retraso, pero no llegaba. Puesto que no debía quedarle mucho al siguiente, lo estuve esperando pero tampoco llegó. Decidí de nuevo darle una oportunidad y estuve esperando 15 minutos más aún. Es decir, llegué a la parada a las ocho y diez y cuando me rendí eran las nueve y veinticinco. Digo que fue divertido porque como no sentía ninguna de las extremidades de mi cuerpo, tampoco las orejas, ni la nariz, ni tampoco las pestañas ya, decidí volverme a casa.
Tenía pensado decirte que volvía solo para volver a ducharme e ir calentito a clases, pero no te voy a mentir, volví para meterme en la camita y tan a gusto que me quedé.
La cuestión era esa hora y veinte que tenía desde que cogía el bus hasta que empezaba mi primera clase y por qué me había organizado así.
Resulta que amaba con todas mis fuerzas llegar a mi colegio y llegar yo solo. Nadie en la parada del bus, ni en la calle, ni el el camino del bus al colegio, ni en el propio colegio. Me daba paz ir por mi cuenta, sin prisas, sin presiones, con la calma, con mi música.. Tanta tranquilidad y buen rollo debía transmitir que me hice colega de todos los conductores de la línea; Abel y José, los dos primos de al lado de mi pueblo, Jose el gamberrete de León, al que por cierto he visto de refilón hoy y ha perdido muchísimo peso, Juan Duque y otro más. Es gracioso porque Duque me recuerda un montón al actor Juan Diego, el de los hombres de Paco. Siempre que subía a su bus pensaba.. 'Por mis santos cojones Paco, por mis santos cojones.'
Era gracioso, y más gracia me ha hecho aún recordarlo.
Creo que cuando tienes turno de tarde tus días se dividen una clasificación bien simple, los que madrugas y los que no, y solo uno de los dos mola.
Sin embargo, me ha hecho ilusión volver hoy a sentir el frío calar mis huesos, me ha hecho ilusión notar la tenue neblina de primera hora entre los coches..
No me paro a pensar en lo que he dejado atrás, pero como dice Natos en mi canción preferida: "No miro para atrás porque me pesa".
Ha estado genial sentir y recordar eso después de tanto, tanto tiempo.
Ha sido como soñar despierto.
Seguimos soñando.
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