La tercera planta (I)
"Quería ser médico pero odio los hospitales".
Eso pensaba mientras cruzaba las puertas correderas de la entrada. Se agradece que cierren tras tu paso, fuera nevando y con el mercurio bajo cero y dentro a unos veinticinco grados y sensación de verano.
Pero no todo es positivo, ese olor a hospital me impregna de arriba abajo, me recuerda dónde estoy.
A mi mente viene la última vez que estuve en un hospital, hace unos tres años. El miedo que allí dejé hace más de medio lustro vuelve a mí como si se tratara de ayer mismo. Las caras largas, tristes y preocupadas que se cruzan con mis ojos no hacen más que acentuar mis temores internos.
Sin embargo, todo cambia al llegar a la tercera planta. Tras salir del ascensor allí le veo; como siempre, como nunca...
De pie, apoyado en la pared, con una mano saludando y la otra apoyada en la máquina que le da la vida.
Hay momentos para los que no he nacido preparado, unos más importantes y otros insignificantes, ese estaba siendo uno de ellos. No sabía cómo saludarle ni cómo afrontar aquella situación; ¿debía estar alegre y hacer como si nada, como si estuviéramos en el bar del pueblo en agosto jugando una partida a las cartas?
Tal vez debía estar serio, consecuente con la situación... Ahí llegó mi segunda sorpresa, con un simple apretón de manos me tranquilizó. No quería apretar fuerte aunque no me gusta no hacerlo, pero no sabía cómo estaba él de fuerzas. En cierto modo mi cuerpo me pedía darle un abrazo enorme, a pesar de la poca confianza, intentar traspasarle mis ganas de que todo salga bien. Fue al revés, fue el quién con fuerza me apretó la mano y me dijo mirándome a los ojos, sin palabras: "tranquilo, todo irá bien".
Iba con la idea de aparentar firmeza y entereza, demostrarle a todos que aunque no hago más que derrumbarme por verles hechos polvo, soy fuerte. Con un simple gesto me demostró que no era necesario aparentar fiereza, no era necesario que nos preocupásemos por él, él nos cuida a nosotros.
Me descolocó.
Todo lo que acabo de contarte pasó rápidamente por mi cabeza mientras ni siquiera cabía en mi propio asombro.
Voy a parar de enumerar las sorpresas que me llevé esa tarde porque si no ni terminaríamos nunca, pero lo que vino a continuación también es digno de mención; peor estaba mi héroe que el verdadero héroe del día.
Él, uno de los dos héroes de mi vida, no es mucho de abrazos, pero vino a dármelo. Su rostro pálido y cansado, propio de alguien que lleva dormidas dos horas de las últimas cuarenta y ocho, sí que pedía fuerza.
Me sentí orgulloso de él, reflejaba justo eso, que no hay cabida para el orgullo en su gran corazón. Desde que tengo uso de razón siempre ha sido él quien ha intentado, y conseguido, sacar lo mejor de nosotros hasta en los peores momentos. Este era el suyo y no tenía vergüenza en admitirlo, estaba molido, lleva semanas molido.
¿Conoces eso abrazos que pegan por dentro todos tus pedazos rotos? Este era uno de esos. Me sentí orgulloso de ser yo por una vez quien pudiera aportarle mi granito de arena. Esos abrazos son como las estrellas fugaces, rara vez se ven, pero cuando los ves una sonrisa ilumina tu cara, una sensación de que ese momento es solo tuyo y de la estrella, es vuestro y nada os lo va a estropear.
Ese momento fue tan efímero como la sensación de estar entrando en la casa del sufrimiento por excelencia, el hospital. Sabía dónde estaba, pero verlo de pie y de buen humor hizo desaparecer, con mucha sutileza, el pánico que recorría mi cuerpo.
Tras los primeros instantes en los que la conversación eran todo buenas palabras y risas llegaron las preguntas sinceras y directas, no con mal tono, pero sí con la seriedad que requería el momento.
Allí estaba presente su mujer, Rosa, la que más entereza tenía de todos los presentes; ella sí que estaba siendo un ejemplo de heroína, una heroína que sufriendo por dentro era capaz de tener sus mejores sonrisas por fuera.
Antes de ir al hospital habíamos estado con ella y nos había contado un poco cómo estaba el percal, nos había tranquilizado ella a nosotros, fue otra grata sorpresa.
Es este, quizá, un buen momento para recordarcuáles deberían ser nuestro verdaderos problemas.
Mañana sigo contándote cómo me afectó aquella tercera planta.
Seguimos soñando.
Eso pensaba mientras cruzaba las puertas correderas de la entrada. Se agradece que cierren tras tu paso, fuera nevando y con el mercurio bajo cero y dentro a unos veinticinco grados y sensación de verano.
Pero no todo es positivo, ese olor a hospital me impregna de arriba abajo, me recuerda dónde estoy.
A mi mente viene la última vez que estuve en un hospital, hace unos tres años. El miedo que allí dejé hace más de medio lustro vuelve a mí como si se tratara de ayer mismo. Las caras largas, tristes y preocupadas que se cruzan con mis ojos no hacen más que acentuar mis temores internos.
Sin embargo, todo cambia al llegar a la tercera planta. Tras salir del ascensor allí le veo; como siempre, como nunca...
De pie, apoyado en la pared, con una mano saludando y la otra apoyada en la máquina que le da la vida.
Hay momentos para los que no he nacido preparado, unos más importantes y otros insignificantes, ese estaba siendo uno de ellos. No sabía cómo saludarle ni cómo afrontar aquella situación; ¿debía estar alegre y hacer como si nada, como si estuviéramos en el bar del pueblo en agosto jugando una partida a las cartas?
Tal vez debía estar serio, consecuente con la situación... Ahí llegó mi segunda sorpresa, con un simple apretón de manos me tranquilizó. No quería apretar fuerte aunque no me gusta no hacerlo, pero no sabía cómo estaba él de fuerzas. En cierto modo mi cuerpo me pedía darle un abrazo enorme, a pesar de la poca confianza, intentar traspasarle mis ganas de que todo salga bien. Fue al revés, fue el quién con fuerza me apretó la mano y me dijo mirándome a los ojos, sin palabras: "tranquilo, todo irá bien".
Iba con la idea de aparentar firmeza y entereza, demostrarle a todos que aunque no hago más que derrumbarme por verles hechos polvo, soy fuerte. Con un simple gesto me demostró que no era necesario aparentar fiereza, no era necesario que nos preocupásemos por él, él nos cuida a nosotros.
Me descolocó.
Todo lo que acabo de contarte pasó rápidamente por mi cabeza mientras ni siquiera cabía en mi propio asombro.
Voy a parar de enumerar las sorpresas que me llevé esa tarde porque si no ni terminaríamos nunca, pero lo que vino a continuación también es digno de mención; peor estaba mi héroe que el verdadero héroe del día.
Él, uno de los dos héroes de mi vida, no es mucho de abrazos, pero vino a dármelo. Su rostro pálido y cansado, propio de alguien que lleva dormidas dos horas de las últimas cuarenta y ocho, sí que pedía fuerza.
Me sentí orgulloso de él, reflejaba justo eso, que no hay cabida para el orgullo en su gran corazón. Desde que tengo uso de razón siempre ha sido él quien ha intentado, y conseguido, sacar lo mejor de nosotros hasta en los peores momentos. Este era el suyo y no tenía vergüenza en admitirlo, estaba molido, lleva semanas molido.
¿Conoces eso abrazos que pegan por dentro todos tus pedazos rotos? Este era uno de esos. Me sentí orgulloso de ser yo por una vez quien pudiera aportarle mi granito de arena. Esos abrazos son como las estrellas fugaces, rara vez se ven, pero cuando los ves una sonrisa ilumina tu cara, una sensación de que ese momento es solo tuyo y de la estrella, es vuestro y nada os lo va a estropear.
Ese momento fue tan efímero como la sensación de estar entrando en la casa del sufrimiento por excelencia, el hospital. Sabía dónde estaba, pero verlo de pie y de buen humor hizo desaparecer, con mucha sutileza, el pánico que recorría mi cuerpo.
Tras los primeros instantes en los que la conversación eran todo buenas palabras y risas llegaron las preguntas sinceras y directas, no con mal tono, pero sí con la seriedad que requería el momento.
Allí estaba presente su mujer, Rosa, la que más entereza tenía de todos los presentes; ella sí que estaba siendo un ejemplo de heroína, una heroína que sufriendo por dentro era capaz de tener sus mejores sonrisas por fuera.
Antes de ir al hospital habíamos estado con ella y nos había contado un poco cómo estaba el percal, nos había tranquilizado ella a nosotros, fue otra grata sorpresa.
Es este, quizá, un buen momento para recordarcuáles deberían ser nuestro verdaderos problemas.
Mañana sigo contándote cómo me afectó aquella tercera planta.
Seguimos soñando.
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