Mi camita
Quiero contarte una tontería que me ha pasado hoy, y es que desde que me he dado cuenta de que he convertido esto en lo que parece un blog didáctico, intento no dar tanto la chapa con cosas a mejorar y todo eso, pero lo que me ha pasado esta mañana da lugar a darle un par de vueltas.
Tras una mala noche, y por primera vez en mucho tiempo, esta mañana tocaba levantarse al compás del despertador del móvil.
Para ti puede ser lo más rutinario del mundo, pero créeme que yo no lo echaba para nada de menos.
Además, la alarma sonó para anunciarme una mala noticia, tocaba una incursión al mundo exterior, a ese que estaba a apenas dos grados centígrados. Vaya, que hacía fresquito.
Media hora después y todo solventado de la mejor manera posible, volvía a casa. Fue gracioso el momento en el que metí la mano en el abrigo para encontrar las llaves y no las encontraba. Gracioso porque sabía que estaban ahí pero como no sentía los dedos, no podía cogerlas. Tú te ríes, pero lo mismo estuve medio minuto.
Una vez en casa, como buen ciudadano cumplí con la obligación y tan pronto volví a mi cuarto me metí en la cama.
Aquí llega lo interesante. Al cabo de unos momentos tumbado, llegó un vehículo y aparcó frente a la puerta de mi casa. Llevo días esperando visita, por partida doble, y no podía dormirme pensando que en cualquier instante podría sonar el timbre y tendría que salir escopetado a abrir.
Mientras me debatía entre levantarme e ir a mirar por la ventana o dormirme y si llamaban, pues me levantaba, me di cuenta de que así no se puede vivir. No puedo dejar que un hecho me condicione, y plantear mi vida a partir de él.
Que sí, que no es fácil, que cualquiera se duerme pensando que en cuestión de segundos pueden llamar al timbre y tener que levantarte, pero es lo que hay, y debo aprender a ser feliz con ello.
Lo bueno es que no solo es el ejemplo de hoy, lo de hoy solo ha sido la minúscula punta del iceberg.
'Adiós' a los miedos, 'hola' a los nuevos sueños.
Tras una mala noche, y por primera vez en mucho tiempo, esta mañana tocaba levantarse al compás del despertador del móvil.
Para ti puede ser lo más rutinario del mundo, pero créeme que yo no lo echaba para nada de menos.
Además, la alarma sonó para anunciarme una mala noticia, tocaba una incursión al mundo exterior, a ese que estaba a apenas dos grados centígrados. Vaya, que hacía fresquito.
Media hora después y todo solventado de la mejor manera posible, volvía a casa. Fue gracioso el momento en el que metí la mano en el abrigo para encontrar las llaves y no las encontraba. Gracioso porque sabía que estaban ahí pero como no sentía los dedos, no podía cogerlas. Tú te ríes, pero lo mismo estuve medio minuto.
Una vez en casa, como buen ciudadano cumplí con la obligación y tan pronto volví a mi cuarto me metí en la cama.
Aquí llega lo interesante. Al cabo de unos momentos tumbado, llegó un vehículo y aparcó frente a la puerta de mi casa. Llevo días esperando visita, por partida doble, y no podía dormirme pensando que en cualquier instante podría sonar el timbre y tendría que salir escopetado a abrir.
Mientras me debatía entre levantarme e ir a mirar por la ventana o dormirme y si llamaban, pues me levantaba, me di cuenta de que así no se puede vivir. No puedo dejar que un hecho me condicione, y plantear mi vida a partir de él.
Que sí, que no es fácil, que cualquiera se duerme pensando que en cuestión de segundos pueden llamar al timbre y tener que levantarte, pero es lo que hay, y debo aprender a ser feliz con ello.
Lo bueno es que no solo es el ejemplo de hoy, lo de hoy solo ha sido la minúscula punta del iceberg.
'Adiós' a los miedos, 'hola' a los nuevos sueños.
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